burro

Lo peor de todo es que los tontos siempre están seguros
y los listos no hacen más que dudar.
-Bertrand Russell-

Aquel gitano que, acuciado por la crisis, decidió ahorrar acostumbrando a su burro a no comer, empezando por ir reduciéndole la comida muy poco a poco, hasta que consiguió que durante una semana no comiera nada. La pena fue que al final de la semana el burro se murió. Y entonces el gitano exclamó:

—¡Vaya, hombre!, ahora que se había acostumbrado a no comer, va y se muere.

Hace ya muchos años que los enemigos de la civilización cristiana tienen en marcha una estrategia para debilitar la fe de los creyentes; como son astutos van poco a poco, como el gitano del chiste.
Y los creyentes, engañados por su comodidad, candidez, «prudencia», «madurez»… consienten y hasta colaboran, inconscientemente, en su agonía. Señalemos algunos de los síntomas:

  • Se atacó a la familia con el divorcio, por ejemplo, y cuando se fue asimilando se dio otra vuelta de tuerca con el divorcio exprés. Silencio.
  • Se retiran los crucifijos de colegios y centros públicos, porque no se pueden imponer las creencias, y consentimos que nos impongan sus creencias laicas. No nos movemos, y al no luchar por nuestra fe, la vamos debilitando.
  • Nos resignamos ante la antinatural ideología de género con su carga explosiva antiespiritual (incluso la apoyamos). Nos encogemos de hombros: ¡es la moda!
  • Consentimos que un gobierno que se dice afín a nuestros valores, dinamite las clases de religión como no lo había hecho ningún otro gobierno anterior de signo laicista. Y a nuestros jóvenes, con nuestra colaboración inconsciente, se les va retirando alimento.
  • Hay medios de comunicación al servicio de la ingeniería social para descristianizar a nuestro pueblo, y algunos creyentes son consumidores habituales de dichos medios.
  • Se lleva a cabo una de las peores perversiones: dar nombre de bien al mal, y asumimos, por ejemplo, que cualquier unión de dos personas se pueda llamar matrimonio.
  • Se empezaron a vaciar los seminarios y a disminuir las vocaciones a la vida consagrada y a eso se le llamó purificación. Y tanto y tanto nos dejamos purificar, que casi nos extinguen.

Y así un largo etcétera que, para calmar las tímidas voces de alarma que van surgiendo, nos arrastra a un activismo «oenegésico» que olvida fortalecer nuestra vida interior haciendo languidecer nuestro ímpetu revitalizador.

Y para acabar de adormecer nuestras conciencias, todo esto se nos vende como fe madura, comprensiva, adulta. Y ocurre, claro, lo del chiste, que cuando a base de no alimentarla y defenderla creíamos que teníamos una fe adulta…va y se muere.

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