Si te casas con 2

El amor es física y el matrimonio química.
Alejandro Dumas-

          Una pareja de novios conversaban bajo la luz de la luna llena, cuando una nube cubrió la luna.

         -Mira mi vida, le dice el novio a su novia, hasta la luna se oscurece con tu belleza.
         – Gracias, cari. ¡Qué amable!.
Y siguen con su amor eterno.

Unos  años después, ya casados, con tres hijos, económicamente muy mal, con una suegra fastidiosa, estaba la misma pareja sentada contemplado la luna; esta vez, el marido no decía nada y la mujer quería escuchar algo bonito como en los viejos tiempos.

         -Mira, le dice la mujer, que oscura está la luna.
Y el marido contesta:
         -¡Pues claro, espabilada! ¿No ves que va a llover?

El gran drama de muchos matrimonio y almas consagradas es que olvidan que uno no hizo un compromiso cuando se casó o consagró, sino que debe casarse, consagrarse,  cada día.

Abandonar el matrimonio al día de la boda, es tan absurdo como arrancar el coche y abandonar el volante y los pedales con el pretexto de que ya corre.

Hoy encontramos montones de parejas que caminan cogidas de la mano, porque es muy fácil unir los cuerpos. Encontramos menos caminando con el corazón compenetrado, porque es más difícil amarse con ternura. Y las menos numerosas son las parejas felices y serenas que comunican estabilidad porque casaron sus almas.

Arrastrados por el vértigo de la moda, muchos jóvenes – y no tan jóvenes- no saben que con la ceremonia de la boda no termina todo, sino que empieza; la boda no es punto de llegada, sino de partida.

Ignoran que deberán casarse cada día para ser «uno». No piensan que muy pronto se desengañarán el uno del otro si no ofrecen, a diario, las mil pequeñas renuncias que requiere un amor con proyección de infinito.

Me lo explicaron hace tiempo y se me quedó grabado:

         Si sólo te casas con un cuerpo, pronto habrás acabado el descubrimiento y desearás otro cuerpo.
Si sólo te casas con un corazón, pronto lo habrás agotado y te sentirás atraído por otro.
Si te casas con una persona, con un «hijo de Dios»,  entonces, si quieres, tu amor será eterno; puesto que es lo infinito, que se coloca más allá de las personas,  lo que permite a un hombre y a una mujer eternizar su amor.

La ruta del amor va del cuerpo al espíritu, de lo finito a lo infinito, de lo temporal a lo eterno. Por eso el amor auténtico es forzosamente indisoluble. Para ello es muy práctico preguntarse todos los días: ¿Con quién me he casado: con un cuerpo, con un corazón o con un alma?

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