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Religión sin chocolate

By mayo 12, 2017 No Comments

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Para mí la religión es la mayor causa
de mortalidad de la historia.
-Rafa Nadal-

En un encuentro familiar coincide que una de las niñas asistentes cumple 11años; para celebrarlo lleva una caja de bombones y los va ofreciendo a los asistentes. Uno de ello, en broma, le dice:

Gracias, guapa, pero no puedo comer chocolate.
          ─¿No?, pregunta extrañada la niña. ¿Por que?
          ─Porque me lo prohíbe mi religión, respondió el hombre sonriendo.
La niña no dijo nada, pero se acercó a una señora con la que tenía más confianza y le preguntó:
¿Qué religión es esa?¡Porque yo no quiero tener una religión que me impida comer chocolate!

No son pocas las personas que asocian la religión con un conjunto de normativas reduccionistas que dificultan, cuando no impiden, disfrutar de la vida. Se han quedado en la fase de las prohibiciones y no han sabido ver que las normas, «como Dios manda», no atan, sino dan alas.

Es como haberse quedado en el Antiguo testamento (Dios castiga) y no vivir en el Nuevo Testamento (Dios amor). Algo así como el novio que sigue enfundado en el traje de la primera comunión.

Para el ínclito Julio Reyero, del sindicato de transportes del CNT de Madrid, no ha habido en la historia del ser humano mayor ataque a su naturaleza que la peste religiosa. No ha habido mayor freno a su desarrollo físico, ético e intelectual que la idea de dios. Es difícil pensar en otro poder tan antiguo y tan nefasto (Periódico Tierra y Libertad, nº 220).
Y para reforzar su aseveración, se apoya en Nietzsche: Dios es una respuesta burda, una falta de consideración para con los que nos dedicamos a pensar; en el fondo, incluso, no es más que una burda prohibición que nos hacen diciéndonos qué no debemos pensar (F.  Nietzsche, Ecce Homo).

El periodista Peter Seewald, le preguntó al entonces cardenal Ratzinger:
Usted dijo una vez: «Si el ser humano sólo confía en lo que ven sus ojos, en realidad está ciego…».
        ─Sí, porque limita su horizonte de manera que se le escapa precisamente lo esencial. Porque tampoco tiene en cuenta su inteligencia. Las cosas realmente importantes no las ve con los ojos de los sentidos, y en esa medida aún no se apercibe bien de que es capaz de ver más allá de lo directamente perceptible.
          …Cada uno es demasiado estrecho para sí mismo: solo abriéndose por el amor, la vida se llena de sentido y de valor («Dios y el mundo». Año 2000).

Cuando somos consecuentes con las bondades de nuestra fe, y luchamos para proyectarlas entre quienes nos rodean, entonces la religión no es fuente de amargura, restricciones o empobrecimiento, sino manantial de alegría, dinamismo y plenitud que nos deleita la vida dejándonos mejor sabor de boca que el más excelente de los chocolates.

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