Corregir 2

No basta saber, se debe también aplicar.
No es suficiente querer, se debe también hacer.
-J W von Goethe-  

Estaban dos niños jugando con sus trompos o peonzas y uno le dice al otro:
Tíralo y que rebote.
         – No sabo, contestó el otro.
-Se dice no sepo, dijo el primero.
Casualmente pasaba una señora por allí que, oyendo la conversación, creyó oportuno corregir a los niños:
No se dice «no sabo» ni «no sepo».
         -¿Pues cómo se dice?, preguntaron los niños.
«No sé», respondió la señora.
Entonces, replicaron los niños enfadados, ¿para qué se mete dónde no le importa?

Corregir al que yerra es una obra de caridad. Pero el corregir y dejarse corregir, no es tan sencillo. Si se trata de corregir una palabra equivocada o mal pronunciada, no suele tener, normalmente, mayores dificultades; pero cuando se trata de una acción o de una actitud equivocada, la corrección no suele ser tan sencilla. Y, sin embargo, es más necesario, más importante y más cristiano porque el error en el campo de la moral es más pernicioso que en el campo de la gramática.

          Sabemos por experiencia que una buena corrección ayuda a purificar el alma y las actitudes negativas que residen en ella. Corregir al que yerra o se equivoca es la tercera de las ‘obras de misericordia’ espirituales. En el refranero se suele decir que ‘quien bien te quiere, te hará llorar’. Este sentimiento que está en lo más profundo de la sabiduría popular concuerda con lo que en moral se llama la ‘corrección fraterna’ y se entiende por tal la amonestación hecha al prójimo culpable, en privado y por pura caridad, para apartarle del pecado o de un camino errado.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice literalmente en el nº1829: La caridad  tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión.

                  Corregir positivamente a los demás, la corrección fraterna, es aupar a los otros, ayudarles a subir más alto en su vida personal.

Si nos han corregido y nos ha parecido «intolerable» lo que nos han dicho, quizá sea conveniente meditar en las palabras San Cirilo: La reprensión, que hace mejorar a los humildes, suele parecer intolerable a los soberbios (Catena Aurea, vol. VI) .

Como le ocurrió a la señora de la anécdota, no siempre nos lo agradecerá el corregido, pero nos lo agradecerá el Señor. Y, para un creyente, ese es el agradecimiento que realmente importa.

¿No sabo?, ¿no sepo?¿o no me quiero enterar para evitar tener que corregir o actuar?

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