No hay empresa próspera 3

El objetivo del castigo ha de ser siempre
el desarrollo positivo del castigado.
-F.W.Foerster-

El primer Unamuno, nos cuenta su biógrafo Emilio Salcedo, fue un alevín de banquero, prestamista y jugador de ven­taja. En la escuela se jugaba a las vistas o santos, el viejo juego de tirar a la raya las tapas de las cajas de cerillas. Miguel decidió dominar las leyes del azar y anunció a sus compañeros que por cada veinte santos que le prestasen daría uno de interés a la semana. El negocio, como simple usura, era ruinoso. Pero con­taba con la sociedad de un compañero de buenos puños, llamado El naranjero, por la gorra que llevaba.

         -Teniendo la ley y el capital —con­fesaba después—, sólo me faltaba la fuerza bruta, sin la cual no hay, en el fondo, empresa que prospere.

Esta fuerza bruta fue El naranjero. Con la sociedad de éste, Miguel invitaba a jugar a los otros chicos. Si perdía, seguía jugando, pero como tenía la ley, el capital —los santos de los demás— y, además, los fuertes puños de su camarada, podía resistir siem­pre más en el juego.

A la hora de educar no basta con tener la ley y el capital; es necesaria la sanción. Existen circunstancias en que sería irresponsable  renunciar a la sanción. La naturaleza humana necesita no sólo la gracia, sino también la ley, la disciplina, la obediencia y el castigo. No hay que olvidar que Cristo no vino a abolir nada, sino a «cumplir». Y la Iglesia universal no la edificó sobre Juan, sino sobre Pedro.

Hoy hay una clara influencia roussoniana en educación que nos quiere imponer un angelismo utópico y caótico, pero mirad lo que dice la historia.

En los primeros años de nuestra era surgió en Mileto una epidemia de suicidios entre las jóvenes. El arte de los médicos, después de toda clase de tentativas, se declaró absolutamente impotente. Entonces el perfecto romano de la ciudad notificó que toda muchacha que intentara ese delito, al día siguiente sería expuesta, desnuda, en la plaza del mercado. Esto bastó para que cesara la epidemia.

¿No es bueno aprender siempre de la historia para procurar no repetir los errores?

Hay que premiar y estimular más que corregir, pero negar el valor educativo de la corrección sólo se puede explicar por la ignorancia o la malevolencia.

El ideal educativo es llegar a actuar por amor o responsabilidad, pero hasta que eso llega, sería muy práctico seguir el consejo de la sapiencia unamuniana porque, en el fondo, sin cierto respeto a la corrección no hay empresa que prospere.

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