violetas y girasoles 4 e1544786227396 - No es fácil, ¿eh?

Oro, poder y riquezas,
 muriendo has de abandonar,
 al cielo solo te llevas lo que des a los demás.
-Eduardo Marquina-

 Hay veces, hay situaciones, hay circunstancias actualmente, que no favorecen en nada el consabido «hacer las cosas como Dios manda». Por ejemplo, hacer el bien y no pregonarlo, o dicho evangélicamente: Por tanto, cuando des limosna, no mandes tocar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosnas, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt 6,2-4).

A la hora de hacer favores deberíamos ser violetas y no girasoles. El girasol se yergue solemne y trata de hacer la competencia al sol girando en todas las direcciones; la modesta violeta vive oculta entre las hierbas irradiando generosamente su perfumen.
Una buena norma a la hora de dar algo nuestro a un necesitado, es la discreción. Discreción que elimina desde el principio el énfasis, la ostentación, la petulancia, el que me sonrían o halaguen.

Moderación en la prestación de favores, finura que convierta el don, por sencillo que sea, en algo precioso que, de puro natural, no obliga a repetidos agradecimientos ni a gratitudes eternamente manifestadas.
En esta línea de favorecer con elegancia, el dramaturgo francés Pierre Corneille (1606-1684) escribió: Hay que dar generosamente sin crear dependencia. El modo de dar vale más que lo que se da. Insiste, pues, en la importancia de la forma, del gesto, de la cercanía: El modo de dar vale más que lo que se da.

 Y esto hay que casarlo con el dogma de nuestra era audiovisual comunicativa: Lo que no se ve no existe. Que, por otro lado, también tiene su soporte evangélico:  Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro padre que está en los cielos (Mt 5,16).
El secreto está, como en casi todo, en la naturalidad, en el sentido común, en la pureza de intención que nos indicarán lo más oportuno en cada momento: o Mateo 6, o Mateo 5. El bien, cuando proceda, debe aparecer con naturalidad y sin complejo, pero hace más bien al alma la sordina que la trompeta, la sencillez que la ostentación, la dulzura que la arrogancia. 

Hay que equilibrar los dos consejos. Se puede y se debe. ¡Ánimo, pues! Aunque, evidentemente, no es fácil, ¿eh?

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