ni-fu-ni-fa

Lo más grande va sin reparo con lo más pequeño,
lo mediocre va solo.
– Rabindranath Tagore-

Cuántas veces se encuentra uno con personas anodinas, mediocres que han hecho norma de su vida la triste frase:

No me compliques la vida, porfa.

          Me recuerdan a Sansón, uno de los últimos jueces israelitas. Sansón se caracterizó por poseer una recia figura y una extraordinaria fuerza para combatir contra sus enemigos y llevar a cabo actos heroicos, inalcanzables para la gente común: luchar contra un león (sin más armas que sus propias manos), acabar con todo un ejército con sólo una mandíbula de burro y hasta derribar un templo filisteo con su propia fuerza.

Tenemos a una persona que lo tenía absolutamente todo para triunfar. Tenía preparación, educación, buena familia y tenía a Dios de su lado, pero…Sansón decidió conformarse; ignoró el potencial que tenía y, siendo un hombre solitario, vivió una vida mediocre. Sansón es un ejemplo del que pudo ser y no fue porque vivió con el freno echado, a medias, mediocremente.

Los mediocres, como Sansón, son personas que viven con sordina, minimizando sus facultades. La mediocridad es no intentar ese trabajo complicado por temor a no hacerlo bien. La mediocridad, si uno es cantante, por ejemplo, es no entrenarse constantemente en la técnica del canto porque: ¡Hombre para qué! ¡ya cantamos bastante bien!, ¿no? La mediocridad es una actitud que nos detiene en el camino hacia la excelencia.

La mediocridad no es el término medio que se alcanza con el esfuerzo; no es el equilibrio que trata de contemporizar las distintas exigencias. Ser mediocre es una especie de monotonía, de anonimato, incluso de ineptitud que invita a no «exagerar», a «no complicarse la vida» y, con esa excusa, se reduce la vida a la grisura, a seguir tirando, sin sobresaltos.

Muchos arrastran su existencia sin mirar nunca hacia arriba, hacia las cosas grandes, y sin apostar tampoco por las cosas pequeñas, esas que exigen paciencia y rigor.

Como personas positivas que queremos ser, debemos pasarnos la vida despejando la niebla de la mediocridad y hacer de esto la divisa de nuestra vida si queremos vivir con plenitud.

Como decía aquel humorista amigo mío, la mediocridad es esa grisura apagada del que vive sin sobresaltos y lleva una vida fe, fi, fo; es decir: ni fu ni fa. Son como esas velas a punto de apagarse: ni alumbran ni calientan.

Ya digo: ni fu ni fa.

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