Naturalidad que embelesa2 e1512730073395 - Naturalidad que embelesa

Las costumbres hacen las leyes,
las mujeres hacen las costumbres;
las mujeres, pues, hacen las leyes.
-Montesquieu-

           —El otro día, Antonio, me encontré con el sr. Barrenti, al que tú conoces y admiras.
          —¿Y?
          —Pues que me llamó la atención el que se preocupara de si yo tenía novia.
          —Es que ya vas teniendo edad para ello.
          —Ya; el que caso es que aprovechó para dejarme su consejito, y me dijo que una mujer puede ser hermosa y tonta, graciosa y haragana, alta e insoportable, rubia y cascarrabias, elegante y pródiga. En la calle, normalmente, solo se ve lo externo; el valor de una mujer hay que sacarlo de otras fuentes.
          —No pretenderá, sr. Barrenti, que me ponga en relaciones con un ángel antipático y soso —le dije.
          —Por supuesto, pero tampoco con un precioso demonio. No te digo que desprecies las cualidades físicas; pero que desprecies las del espíritu, es lanzarte a la infelicidad. En esta sociedad destruye mujeres en la que vivimos, hay muchachas excelentes, pero hay que buscarlas —me contestó.

Hasta aquí la anécdota. Me llamó la atención lo de «sociedad destruye mujeres». En realidad, lo correcto sería decir «destruye personas», pero me voy a fijar en lo de «destruye mujeres».
Las doctrinas disolventes de la sociedad contemporánea buscan a la mujer como su primera presa; porque saben con certeza que, conquistada la mujer, el mundo se hace muy manipulable.
Disolución de costumbres, pérdida de pudor, sensualidad a toda costa, afán de gozar a cualquier precio, el «me apetece» como norma de vida, sensualidad a todo trance, afán de gozar siempre a cualquier precio, etc., etc., enturbian esa armonía perfecta de la mujer ideal.

Recuerdo lo que leí en un manual para juventudes comunistas: Conquistar a un hombre para el comunismo, es conquistar a un hombre para el comunismo. Pero conquistar a una mujer para el comunismo es abrir una escuela de comunistas.
Los enemigos de la civilización cristiana saben la importancia decisiva que en las costumbres tiene la mujer; de ella depende el hombre, el hogar y la sociedad.

Y para romper su equilibrio interior, se arruina el pudor, se abren brechas en las murallas de su natural honestidad, se las familiariza con el fácil halago y el culto al exterior, etc., mientras se las va empujando, insensiblemente, al debilitamiento moral.
El mundo, a la larga, pagará las consecuencias de haber dejado perderse a la mujer en lo que ella tenía de más instintivo y valioso.

¿Qué hacer? En nuestro entorno, valorar lo sencillo y natural, aplaudir ese brillo y alegría que son consecuencias de un buen cultivo interior, de ese equilibrio virtuoso que genera una naturalidad que embelesa.

 

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