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La corrupción del alma
es más vergonzosa que la del cuerpo.
-José María Vargas Vila-

           Walter Scott, escritor escocés (1771-1832) fue un apasionado recopilador de tradiciones populares de su tierra y se le considera el pionero de la novela histórica: Ivanhoe, La esposa de Lammermoor, Carlos el Temerario… En esta última, uno de los protagonistas, el joven y valeroso Arturo, cabalga en compañía de Tebaldo, un descendiente de trovadores. Tebaldo canta una balada en la que lamenta la suerte de dos amantes y descarga terribles insultos solo sobre la crueldad del marido engañado.

Arturo escucha la historia y recrimina con severidad al trovador:

_ Tebaldo, deja de cantarme esos lamentos. Nada corrompe tanto al corazón cristiano como otorgar al vicio la piedad y los elogios que sólo la virtud merece.

   Poniendo bellos nombres a las malas acciones, incluso quienes se asustarían ante el vicio desnudo aprenden a poner en práctica sus lecciones si lo ven bajo la máscara de la virtud.

Hoy hay una perfecta organización manipulativa que sabe dosificar la corrupción de costumbres mezclando hábilmente lo útil con lo agradable, de manera que la mayoría de la gente no distinga el trasfondo transgresor de la ironía y la caricatura y así, sin darse cuenta, va absorbiendo poco a poco el mal envenenándose moralmente.

Se confunde sutilmente la libertad con el libertinaje y se crea una especie de urticaria a toda normativa moral. Se ridiculiza la evidencia: la norma, la ley positiva, libera.

Los conductores de coches, por ejemplo, no se sienten ofendidos porque exista una señalización vial. Nadie, en su sano juicio, protesta diciendo que él es una persona inteligente y madura y que no necesita de nadie que le dé lecciones.

¿Por qué entonces no aceptar también, humildemente, lo que podríamos llamar una señalización moral?

Cuando veo a creyentes “modernos” consumiendo medios de comunicación manipuladores, me acuerdo de aquel amigo mío que decía:

_ De verdad, Antonio, hay gente más tonta que los ratones. Estos caen en la trampa, pero, al menos, no pagan; los que consumen medios manipulativos, caen en la trampa y, encima, pagan a los que se la han tendido.

Mezclar lo bueno con lo malo, lo perverso con lo agradable, y difundirlo sutil e imperceptiblemente para que la gente, incapaz de entender la ironía, vayan absorbiendo poco a poco el mal, es la manera ideal de envenenar moralmente a todo un pueblo sin que él se entere.

Nada corrompe tanto como el dar al mal carta de ciudadanía. Un auténtico caramelo envenenado que nos mata dulcemente.

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