el-cuervo-y-el zorro

Pon un grano de audacia
en todo lo que hagas.
Baltasar Gracián- 

El famoso fabulista francés, Jean de la Fontaine (1621-1695), nos contrapone en su fábula, la zorra y el cuervo, la astucia y la necedad:

Encaramado en un árbol, sujetaba el señor cuervo con su pico un rico queso. Y la señora zorra, atraída por el olorcillo, le habló de esta manera:
─ ¡Buenos días, señor cuervo! ¡Cuán bello sois y me lo pare­céis! Si fuera vuestro canto igual a vuestras plumas, sin men­tir, os digo que seríais el fénix de cuantas aves viven en los bosques.
Oyendo el cuervo tales palabras, desborda de alegría, y abriendo el pico para lucir su voz hermosa, deja caer el que­so. Lo atrapa la zorra al instante, y dice:
─ Sabed, señor cuervo, que todo adulón es un parásito de aquel que sin más lo escucha; esta lección bien vale un queso.
Avergonzado y confundido, juró el cuervo, aunque algo tarde, que nunca más lo engañarían.

El escritor, compositor y filólogo inglés, Samuel Butler (1835-1902), conocido por su sátira utópica, hace esta sutil observación:
Hay más necios que astutos en el mundo, de lo contrario, los astutos no tendrían suficiente para vivir. 

Así es, el pasto de los astutos es la inmensa masa de los necios que pican en sus manejos. Podríamos decir que, entre la multitud de bobos sin consistencia, cuya imagen más gráfica es un inmenso campo de juncos plegándose al ritmo del viento, se levanta el astuto aprovechándose de la vulgar sumisión.
Hay que encontrar ─y aplicar─ la vacuna de la sana crítica, de la comprobación moral, del rigor intelectual contra la demolición de la razón y de la conciencia que puede afectarnos a todos y convertirnos, si nos descuidamos, en un poco necios.

Decía Konrad Adenauer: Hay algo que Dios hizo mal. A todo le puso límites menos a la tontería. Pero, aunque sea muy abundante la tontez, la astucia malévola no es invencible como indica el poeta inglés, John Dryden: La suerte común de todos los maquiavélicos es esta: hacen sus tramas tan sutiles que se rompen de puro finas. 

Para no formar parte de ese inmenso campo de juncos, y para ayudar a romper esas astutas tramas sutiles que nos impiden ser más eficaces en el bien, no nos vendría nada mal aprender a ser un poco más zorros y un mucho menos zotes.

 

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