La ira, si no es refrenada,
es frecuentemente más dañina para nosotros
 que la injuria que la provoca.
-Séneca-

Todos los alumnos del aula levantaron la cabeza cuando oyeron que, en el pasillo, Rodri gritaba al Sr. Sánchez, jefe de estudios del centro. A Rodri lo habían acusado de robar un libro de arte, pero él no había sido, y esto lo enfureció. Aseguraba que él había dejado el libro en la biblioteca después de consultarlo, pero su mala fama no hacía creíble su argumentación.

Lleno de ira, Rodri comenzó a insultar a la bibliotecaria y al jefe de estudios.
—No pienso consentir tales improperios —dijo el jefe de estudios—. Te has metido en un buen lío, chaval. Nadie puede hablarnos así a mí, o a cualquiera de los profesores, y quedar impune.

La pregunta que habría que formular en esta situación es: ¿cómo podría haber evitado Rodri problemas innecesarios? Aunque es natural dejarse llevar por la ira, cuando uno es tratado de forma injusta, dar rienda suelta al enfado que uno siente, no hace más que complicar las cosas.

Ser capaces, en tales situaciones, de permanecer lo más serenos posible, ofrece una vía para ponderar las opciones que aún podemos tener abiertas.
Dejarse llevar por la ira puede conllevar múltiples efectos perjudiciales para nosotros mismos y para los demás. Aunque no es fácil —y para unas personas menos que para otras—, si conseguimos reconducir los sentimientos de ira haca acciones positivas, evitaremos desperdiciar innecesariamente nuestras energías.

Evidentemente no es sencillo mantener la cabeza fría cuando uno es falsamente acusado de algo, o comete una equivocación. No es sencillo, pero dejarse llevar por la ira no hace sino empeorar una situación que ya de por sí es mala.
Una vez que nos dejamos dominar por la ira, ella se apodera de nuestros sentimientos, bloquea nuestra mente, y el sentido común y la razonabilidad terminan saltando por la ventana.
Las palabras y las acciones que nacen de la ira tienden a desatar una cadena de reacciones negativas que, a menudo, conducen a un colapso de la comunicación.

Cuando la ira nos puede, con frecuencia se hieren sentimientos y se pueden plantar semillas que más tarde florecerán en forma de consecuencias negativas.
«Si te enfadas, piensa en las consecuencias», decía Confucio. Y para Rabindranath Tagore: «La verdad no está de parte de quién grite más».

Fácil no es, pero necesario sí. Hay que entrenarse con pequeños y constantes actos de renuncia para que, cuando la ira nos haga hervir la sangre, sepamos mantener la cabeza fría.

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