La vida nos devuelve

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Da lo que tienes para que merezcas
 recibir lo que te falta.
 -San Agustín-

  Cuentan que un mendigo se pasaba el día pidiendo de puerta en puerta. Tenía un saco donde guardaba todo lo que le daban: ropas, alimentos, dinero…
A la caída de la tarde buscaba cobijo en los albergues municipales para pasar la noche, y a la hora de la cena repartía lo que había ido recogiendo durante el día. Los alojados se quedaban boquiabiertos por la sorpresa, y siempre había alguno que le preguntaba:

─¿Te has vuelto loco?¿Repartes lo que te dieron?
 ─Claro ─respondía el mendigo─, al fin y al cabo, lo que no se da se pierde.

Vivir es un proceso de aprendizaje y crecimiento en sabiduría extraída de las lecciones que nos da la vida. Y una lección que merece la pena aprender cuanto antes es que la vida nos devuelve lo que le entregamos.
Entre los mayores dones que podemos aportar para hermosear la vida se cuentan: el amor, la alegría, la paciencia, la amabilidad, la bondad, etc. Estos son los dones que debemos dar para recibir.

Hay dos posturas frente a la vida

  • La que tiende a proyectar el «yo» hacia los otros y las demás cosas.
  • La que convierte al «yo» en centro de aspiraciones, dolores e inquietudes.

Esta última es el germen de nuestro feroz individualismo egoísta y tiene como corte y fomento las pasiones incontroladas.
La otra es vivificante; pero hay que construirla y conquistarla día a día. Tenemos que sustituir la palabra «yo» por «nosotros», por «vosotros» pluralizando la actividad humana por una hermosa solidaridad fecunda e incansable.
No podemos dejarnos engañar por la apariencia de la inmediatez, que nos presenta el individualismo como algo más ganancioso y, desde luego, cómodo. Es pura apariencia, porque, a la larga, el egoísmo es tedioso y seco como el barro cocido.

Aunque haya que empezar dando y esperando, la generosidad termina siendo rentable porque nos lleva a vivir como los valles, que reciben todo y todo lo dan.
Cuando tratamos a las personas honestamente y con amabilidad, fidelidad y dulzura, les enviamos el mensaje de que nos interesamos por ellas. Y en contrapartida, ellas nos tratan de idéntica manera, porque lo que damos a los demás, con frecuencia, regresa a nosotros.

Tenemos que entrenarnos para darle al ego su verdadero valor como vehículo para nuestra propia expresión, en vez de alimentarlo como tirano que siempre se sale con la suya.
Dicen que la naturaleza, antes o después, se cobra todos los excesos que cometemos contra ella; de igual modo, antes o después, la actitud con la que vivimos, la vida nos la devuelve.

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