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La perezosa demora

By julio 19, 2019 No Comments

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Una persona perezosa es un reloj sin agujas,
 siendo inútil tanto si anda como si está parado.
-William Cowper- 

El poeta, ensayista, crítico de arte y traductor francés, Charles Pierre Baudelaire (1821-1867), escribió: Retrasando lo que se debe hacer, se corre el peligro de no hacerlo nunca. Posiblemente se retrataba en esta frase, porque él tuvo una vida bohemia y de excesos. Se dejó arrastrar por el desorden, los vicios, abuso del alcohol y las drogas, pero siempre ansió recuperarse, convertirse. Esta conversión nunca se hacía efectiva por la perezosa demora.

Dar largas no es solo fruto de la pereza. En algunas personas, a base de demorar por sistema, se ha convertido en una actitud en toda la regla, algo peculiar y constante de su idiosincrasia.
Buscan la demora, aplican el «luego lo haré», «más tarde me pongo», lo dejan todo para otro momento, los actos de evasión se acumulan, los hábitos se esclerotizan, los defectos aumentan y el nudo de la ineficacia y el descontento se enrosca creciendo y creciendo.

El aplazamiento por sistema es, pues, perjudicial; consolida el mal interior y se apodera progresivamente de la persona empobreciéndola, porque como dijo Séneca hace casi dos mil años: Mientras se retrasa, la vida sigue escurriéndose. La vida sigue aunque nosotros, indecisos, nos paremos.
Cierto es que, a veces, retrasar una elección puede deberse a sabiduría y reflexión, e incluso puede atenuar, suavizar o apagar cuestiones demasiado ardientes. Hay excepciones que justifican una demora, pero tener «lo vas dejando, lo vas dejando» como compañero de viaje, no resuelve nada: Lo que se retrasa, ni se elimina ni se pierde (Arnobio de Sicca).

El papa Francisco en Laudato sí, aplicándolo al cuidado de la tierra denuncia la irresponsabilidad de la demora: Este comportamiento evasivo nos sirve para seguir con nuestros estilos de vida de producción y de consumo. Es el modo como el ser humano se las arregla para alimentar todos los vicios autodestructivos: intentando no verlos, luchando para no reconocerlos, postergando las decisiones importantes, actuando como si nada ocurriera (VI Debilidad de las reacciones nº 59).

En bastantes casos nos tenemos que enfrentar y confrontar con una nueva realidad, que muchas veces nos asusta, simplemente porque nos resulta desconocida y, frente a lo desconocido, solemos adoptar una actitud defensiva, nos defendemos de aquello por lo que nos sentimos amenazados. Por esa razón, son muchas las personas que pasan muchos años de su vida sin tomar una sola decisión importante.

La obligación de comprometernos siempre nos espera en las encrucijadas de la existencia, y la actitud dubitativa, indecisa, «avestruciana», nos encoge la vida cuando, en lugar de actuar, nos inhibimos con la perezosa demora.

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