La vergüenza de confesar el primer error,
hace cometer muchos otros.
Juan de la Fontaine-

 Un chiste, de hace unos años, que refleja la importancia del qué dirán:

Era verano y hacía un calor insoportable.
El marido sale del baño y le dice a su mujer:
—Gordita, hace mucho calor y tengo que cortar el césped ¿Qué crees tú que dirán los vecinos si corto el césped en bañador?
La mujer lo mira y responde:
—Que probablemente me casé contigo por tu dinero.

 Dejando aparte el doble sentido de chiste, la verdad es que «el qué dirán», la vergüenza, es un problema muy generalizado por el que perdemos muchas oportunidades de disfrutar de la vida. Por vergüenza, por ejemplo, dejamos de aprender cuando no levantamos la mano para admitir que no nos estamos enterando de la explicación.

Y es que la vergüenza —el qué dirán— nos puede producir auténtico pavor. Afirman que el temor a hacer el ridículo es el número uno en nuestra sociedad.
El origen de la vergüenza es la necesidad inventada de mantener cierta imagen positiva basada en logros o capacidades. Error de percepción del que uno se libera, definitivamente, cuando trata de basar su valía en su capacidad de amar, y no en la percepción de sus capacidades y logros por parte de los demás.

A las personas mentalmente fuertes no les importa mostrarse torpes, feas o pobres: solo se muestran interesadas en su propia capacidad de hacer cosas hermosas, divertidas y positivas con los demás. Es decir, se despreocupan de tonterías (la imagen que los otros puedan percibir) y se concentran en lo realmente valioso. Y precisamente este enfoque, mantenido con firmeza, es lo que les hace fuertes.
No se necesita ser rico, elegante, inteligente, etc., para tener valor; lo importante es que seamos (o tratemos de ser) personas maravillosas y estemos ahí para aprovechar cualquier ocasión de colaborar, amar y divertirnos.

Ya sé que no es fácil, pero tiene tan buena repercusión en nosotros y en los demás, que tenemos que esforzarnos para no dejarnos engañar por las apariencias, y valorarnos por nuestra capacidad de amar y de hacer cosas gratificantes.
Cuando nos liberamos del qué dirán, todos los demás nos merecerán el mismo respeto e interés, ya que veremos en ellos personas valiosas con las que compartir vida, no apariencias.

Es normal que, a pesar de los pesares, algo nos influyan las opiniones ajenas, es normal; pero las personas realmente fuertes y maduras, si se lo proponen, acaban estando muy por encima de la evaluación ajena.

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