La costumbre amodorra e1521194789361 - La costumbre amodorra

Pueden en mí, más que todos los infinitos,
mis tres o cuatro costumbres inocentes.
Antonio Porchia-

           Hubo una temporada en la que usaba con frecuencia el tren como medio de transporte. En una ocasión, una mamá, para entretener a su hijo de mediana edad, le contó un cuento:
Había un pajarillo que había adquirido la costumbre de posarse en las ramas secas de un árbol solitario que estaba en medio de desierto. Y así, día tras día, siempre igual. Hasta que un día se desató una gran tormenta que destruyó aquel árbol seco.
 El pajarillo se vio obligado a volar buscando nuevo cobijo. Voló y voló hasta que, agotado, dio con un bosque lleno de árboles.

  La verdad es que al niño no le despertó mucho interés el cuento, pero yo me quedé con la historia. 

Y lo primero que se me vino a la mente fue el refrán: no hay mal que por bien no venga. Y, seguidamente, la aplicación: aquel pajarillo, amodorrado por la costumbre, nunca hubiera renunciado a sus cómodos hábitos, a la mansa seguridad de una existencia gris y sin sobresaltos, si no hubiese sido por aquella ventolera que le destruyó su apoyo.

¡Cuántas veces «la tempestad» puede ser el comienzo de una primavera! Un romper la inercia para llevarnos a asumir riesgos que aniquilan la rutina, la dependencia y el hábito facilón y repetitivo.
Y así, cuando parece que algo se nos rompe, se abre un horizonte imprevisto e inesperado que ensancha nuestro vivir. Y para ello no hay que soñar con la luna: La vida se vuelve una fiesta cuando sabes disfrutar de las cosas normales de cada día (Phil Bosmans ─Canto a las cosas sencillas de cada día─).

Es tal la fuerza de la costumbre que, como decía Erasmo de Rotterdam: Por absurdo que parezca, la costumbre todo lo hace aceptable.
Por supuesto que hay costumbres, hábitos positivos que nos generan fuerza para soportar los males originados por la rutina o mediocridad. Lo malo es la aceptación, el abandono de la lucha, la desaparición del deseo de superación, la eliminación de la aspiración a metas más altas.

Pero claro, romper los hilos que atan pies y manos, y batallar por avanzar por caminos largos y cansados, es más fatigoso que el dejarse llevar, porque como dijo irónicamente Geoerges Courteline: Se cambia más fácilmente de religión que de café.
Y es que, hasta en las cosas más sublimes, si dejamos entrar a la monótona costumbre desidiosa, perderemos las alas de la ilusión y seremos enquistados por la modorra.

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