Es necesario alzar la voz A2 e1616755938269 - Es necesario subir la voz

Sed fieles, sed fuertes.
 Aunque luchaseis en vano,
el valor es la mejor sabiduría de esta vida.
-Hanns Hopfen-

  El libro Así era mi hijo Ignacio, el héroe del monopatín, escrito por Joaquín Echeverría, padre de Ignacio, termina con una reflexión de Ana Echeverría, hermana de Ignacio. Dice Ana:

Ahora nos deja (Ignacio) una lección por aprender, porque nos cambió a muchos con su actitud y sabemos que tenía razón, que es necesario subir la voz cuando lo correcto no se impone, que merece la pena participar y hasta pelear.
   Que merece la pena defender nuestra libertad y plantar cara a los que abusan de nuestra dignidad. En casa, en el colegio, en el trabajo. Y, si hace falta, en el Puente de Londres.

Los enemigos de la civilización cristiana, gracias a nuestro encogimiento, a nuestra «prudencia», imperan en el tejido social sin apenas oposición. Ellos son audaces, persistentes, agresivos, impositores…, mientras nosotros, prudentemente, asumimos el nefasto y suicida eslogan: Mejor no hablar.
 Error mayúsculo: cuando nos agreden, si el enemigo ve debilidad en nosotros, nos come, pero si el agresor percibe que el agredido ―llegado el caso― también sabe arremangarse, entonces se lo piensa antes de agredir.

Durante el trayecto en avión del viaje del papa Francisco a Filipinas, en 2015, el papa afirmó que la libertad de expresión tiene sus límites y que no se puede provocar ni ofender a la religión.
El pontífice dijo que tanto la libertad de expresión como la libertad religiosa «son derechos humanos fundamentales» y precisó:
«Tenemos la obligación de hablar abiertamente, de tener esta libertad, pero sin ofender.
»Es verdad que no se puede reaccionar violentamente, pero si Gasbarri (uno de sus colaboradores), gran amigo, dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!, aseguró.
»No se pude provocar ―añadió― no se puede insultar la fe de los demás. No puede burlarse de la fe. No se puede», reiteró el papa.

Siempre debemos estar dispuestos a poner la otra mejilla y a perdonar, pero llegado el caso, excepcionalmente, hasta el mismo Jesucristo empuñó el látigo.

Una falsa prudencia, que en realidad es encogimiento, nos lleva a callar, a mirar para otro lado, a lamentarnos de lo mal que están las cosas…, pero no actuamos y dejamos que el mal, el error, campen a sus anchas. Es un error y, posiblemente, un pecado de omisión, porque, cuando el error grita, debemos actuar y, si es necesario, subir la voz.

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