Tú decides 3A  e1590770914925 - El Surströmming

Cuando no tenemos lo que queremos,
debemos contentarnos con lo que tenemos.
-Rogelio Bussy Rabutin- 

Recuerdo que, cuando asistimos al campeonato del mundo de aeromodelismo vuelo circular que se celebró en julio  de 1996 en Norrköping (Suecia), algunos deportistas suecos, amigos nuestros, nos invitaron a saborear una de sus delicatessen: El Surströmming.                                                                                                                                                                                                                                          El Surströmming es una especialidad de la gastronomía sueca que se elabora fermentando al sol arenques del Mar Báltico, que luego son envasados en latas de conserva. Es tan fuerte el olor que desprende el envase una vez abierto, que es lo más parecido al del pescado podrido, o al olor de la basura dejada al sol durante días.
Nuestros amigos suecos comían con fruición aquel pescado, que a nosotros nos producía nauseas. Dos reacciones diametralmente opuestas ante una realidad: un pescado en conserva.

En esa misma competición, un deportista español aspiraba al oro en su especialidad, pero, cosas de la competición, solo consiguió el segundo puesto. Se lo tomó como un fracaso.
Sin embargo, un deportista ucraniano que no pensaba hacer podio, consiguió el tercer puesto y se convirtió en el hombre más feliz del mundo.
Ser subcampeón del mundo era un fracaso, y ser tercero un éxito. ¿Dónde está el quid de la cuestión? ¿Por qué uno con la medalla de plata no era feliz y, sin embargo, otro con la medalla de bronce estaba dichoso?

Una vez leí que nadie te puede hacer enfadar sin tu consentimiento. Y la razón la da el estadounidense Stephen Richards Covery (1932-2012) cuando afirma que, entre un estímulo externo y tu reacción, hay una «decisión».
Cuando alguien nos insulta, por ejemplo, lo normal es que tomemos la decisión de ofendernos; lo mismo que si nos dicen unas palabras amables, lo normal es que decidamos alegrarnos. Es decir, reaccionamos, tomamos una decisión, en función de las palabras que nos dirigen.

Normalmente (siempre puede haber excepciones), antes de la reacción siempre hay una decisión. No actuamos —insisto que normalmente— por instinto como los animales, tenemos un margen de reacción. Pero, para ejercer este margen, hay que ser conscientes, hacernos responsables de nuestra propia vida, a través de las decisiones que tomamos.
El problema se presenta cuando, abandonando el autodominio, nos convertimos en una fábrica de reflejos condicionados que se están disparando, continuamente, ante las personas y ante las circunstancias.   Y así, sea cual sea el estímulo externo, nos solemos amargar la vida por instinto.

Y es que la bondad, o no, de la mayoría de los acontecimientos humanos, depende más de nuestra disposición mental que del surströmming.

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