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Lo peor que hacen los malos
es obligarnos a dudar de los buenos.
-Jacinto Benavente-

           Nos cuenta Esopo en una de sus fábulas que viendo un lobo a un cordero bebiendo en un arroyo, imaginó un pretexto cualquiera a fin de devorarlo. Así, aun encontrándose más arriba, le acusó de enturbiar el agua, impidiéndole beber. Respondió el cordero que solo bebía con la punta de los labios y que, además, hallándose más abajo, mal podía enturbiar el agua que corría más arriba. Viéndose el lobo burlado, insistió:

          ─ Pero el año pasado injuriaste a mi padre.
          ─ ¡En este tiempo, ni siquiera había nacido!, contestó el cordero.
Entonces el lobo replicó:
Tú te justificas muy bien; mas no por eso dejaré de devorarte.
          Y concluye Esopo: enseña esta fábula que la defensa más justa de nada sirve ante las gentes resueltas a practicar el mal.

Hoy parece que la gente de bien está totalmente desarmada por el buenismo ambiental y, desarrollando las tragaderas del mal político, han bajado la guardia y se han echado en brazos de la frivolidad convirtiéndose en sal insípida:

*  Que insultan nuestras creencias, como el impresentable actor que insultó a la Virgen del Pilar y a toda la hispanidad el doce de octubre, miramos para otro lado.
* Que quitan las cruces y la imagen de la Virgen de los Desamparados en el cementerio de Valencia, no pasa nada.
* Que nos reducen las clases de religión a la mínima expresión; bueno, todavía nos queda la catequesis.
* Que nos descristianizan la sociedad quitando belenes, imponiendo modas de demonios y muerte (Halloween) en lugar de la fiesta de santos y vida; somos tan frívolos, cobardes e inconscientes que colaboramos a la descristianización participando en esas fiestas.

Pienso, puedo estar equivocado, claro, que la frivolidad es uno de los grandes males de nuestra época. Parece que todo invita a no pensar nada en serio. Los medios de comunicación airean movimientos de evasión: multitudes que sólo buscan eludir responsabilidades e instalarse en suaves distracciones intrascendentes.

Vivir a prisa, revoloteando, sin posarse en algo para aprovecharlo exhaustivamente. Se crean modas de cabezas bonitas, pero huecas; modas de vestidos preciosos que cubren cuerpos sin corazón, se leen revistillas sin trascendencia, y asusta el estudio serio y reposado. El saboreo de las cosas estables y eternas, cansa y aburre.

Se vende una moral sin principios ni convicciones arraigadas: “todo depende”. Se nos muestra como moderna una piedad sentimental y emocional, individualista, sin ganas de ser más y sin deseos de meterse en líos.

Convendría que, a pesar de vivir en un estudiado ambiente de frivolidad, nos esforzásemos en ser astutos para no caer en las trampas de los lobos que nos quieren devorar como al cordero de Esopo.

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