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¿Cuántos riñones tenemos?

By noviembre 11, 2022 No Comments

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Hacer con facilidad lo que es difícil a los demás:
esto es el ingenio.
Hacer lo que es imposible a las personas de ingenio:
esto es genio.
-Henri-Frédéric Amiel-

Aparicio Fernando de Brinkerhoff Torelly (1895-1971), más conocido por Apporelly, está considerado como el mejor humorista político de Brasil.
Quiso ser médico y estudió medicina hasta el cuarto curso, pero dejó los estudios de medicina para ganarse la vida como periodista satírico y humorístico. Fue un auténtico maestro en el juego de palabras y el habla popular.

De él se cuenta esta anécdota cuando era estudiante de medicina:

Sr. Brinkerhoff, ¿Cuántos riñones tenemos?
¡Cuatro!, respondió Aparicio.
¿Cuatro?, replicó burlón y arrogante el profesor.
Sr. auxiliar, ─dijo el profesor─ traiga un fardo de pasto, pues tenemos un asno en la sala.
—¡Y para mí un cafecito!, dijo Aparicio al auxiliar del maestro.

El profesor se enojó y expulsó al alumno de clase. Al salir de la clase, todavía el alumno tuvo la audacia de corregir al furioso maestro:

Usted me preguntó cuántos riñones «tenemos». «Tenemos» cuatro: dos míos y dos suyos. «Tenemos» es una expresión usada para el plural. Que tenga un buen provecho y disfrute del pasto.

Aparicio dejó la medicina y triunfó como periodista satírico, he aquí una de sus «perlas»: «Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados».

Gente que practica ciencia desde la arrogancia hay, ya lo creo; incluso abundan científicos que solo se codean con gente que aplaude sus ideas, pero que rechazan a quien tiene ideas diferentes, que son incapaces de imaginar que sus ideas puedan ser insuficientes o mucho menos erróneas. Esta actitud arrogante casi siempre tiene temibles consecuencias, porque siempre produce rechazo el enseñar desde la más absoluta arrogancia intelectual. Es difícil que estas personas creen escuela porque los científicos ─como cualquier persona─ huyen de la prepotencia.

Suele ocurrir que un científico arrogante, especialmente cuando esa arrogancia se manifiesta en su producción intelectual, es un mal científico. Aunque hay excepciones, claro está. Los mejores científicos son humildes, no por vocación propia, sino por experiencia duramente ganada por errores cometidos, hipótesis rechazadas, experimentos fallidos, dificultades no superadas…

La buena ciencia tiende a ser humilde, porque errar es humano y porque a los demás no les preocupan nuestros sentimientos, pero sí valoran nuestra actitud, por eso conviene ser astutos y humildes para saber responder con donaire, si alguna vez nos preguntan cuántos riñones tenemos.

 

 

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