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Cuando planté rosales

By diciembre 5, 2014 No Comments

eco0

El que siembra espinas que no espere cosechar flores.
-Refranero-

John tiene seis o siete años. Vive en la ciudad con sus padres y, siempre que puede, pasa temporadas en el campo con los abuelos. Un día se adentró un poco en el campo imaginando ser un jinete montado en el bastón de su abuelo. Con todas sus fuerzas espoleaba a su «caballo» gritando:

¡Corre, corre! ¡Vamos, vuela!
         Y oyó que desde el valle cercano alguien repetía sus palabras. Desconcertado, preguntó:
-¿Quién es?
         -¿Quién es? Fue la respuesta.
Cada vez más enfadado, empezó a insultar al intruso:
Tonto, imbécil, bobo, baboso…

Y la voz del valle le devolvía sus insultos. Enfadadísimo buscó de un sitio para otro tratando de encontrar a aquel niño que se burlaba de él. Nada, no apareció por ningún sitio. Volvió a casa disgustado y contó a su abuelo lo ocurrido: un niño escondido se ha burlado de mí y me ha insultado.

-No, John –le dijo el abuelo-, no era ningún niño. Era el eco que repetía tus palabras. Si en vez de insultos, dijeras palabras amables, oirías palabras amables.

Un árbol se conoce por su fruto; un hombre por sus acciones. Una buena acción nunca se pierde, y el que siembra cortesía cosecha amistad, y el que planta bondad recoge amor.

El que siembra vientos recoge tempestades pero el que siembra amor, cosecha amor. La vida es como un gran boomerang que nos devuelve lo que hacemos. La clave está en dónde ponemos el corazón.

La tentación del hombre, hoy más que nunca, es la superficialidad; es decir, el vivir en la superficie de sí mismo. No comprendemos que el valor está en lo interior; el hombre cuando más interioridad, más persona y cuanto más exterioridad, menos persona.

Nunca como hoy han tenido tanto poder los enemigos de la interioridad: la televisión, la secularización, el liberalismo sexual, el egoísmo… son elementos que constituyen un atentado permanente a la interioridad.

Dice el padre Ignacio Larrañaga, fundador de los Talleres de Vida y Oración, que es más agradable la dispersión que la concentración, el hombre eterno fugitivo de sí mismo, busca los placeres del mundo, corre tras el materialismo externo, olvidándose de su mundo interno.

Nuestra crisis profunda es la crisis de la evasión, vivimos buscando palacios externos, sin darnos cuenta del palacio que está dentro de nuestro corazón, que habita en nosotros y que nos prometió buscad el reino de los cielos y lo demás vendrá por añadidura.

Cuando, a pesar de los pesares, lancemos sonrisas a la vida, la vida nos devolverá sonrisas como un eco agradecido. Lo asegura el poeta mejicano, Amado Nervo: Cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

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