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Un padre es un tesoro, un hermano es un consuelo:
 un amigo es ambos.
 –Benjamín Franklin- 

Ébano y Marfil fue el nombre dado a dos ancianas en Nueva Jersey, una blanca y otra negra, que deleitaron a muchas personas tocando juntas el piano clásico. Ambas habían sufrido un derrame cerebral en 1982 y quedaron parcialmente discapacitadas.

En la primavera de 1983, Margaret Patrick llegó al Centro Geriátrico de Vida Independiente del Sudeste para empezar su terapia física. Millie McHugh, un trabajador del Centro, advirtió la mirada de dolor de Margaret cuando miraba el piano.

¿Algún problema? ─, preguntó Millie.
No ─repuso Margaret en voz baja─. Solo que ver un piano me trae recuerdos. Antes de mi hemiplejia, la música era todo para mí. 

Millie miró la inutilizada mano derecha de Margaret, mientras la mujer negra le contaba algunos de los momentos culminantes de su carrera musical. De pronto Millie dijo:

Espere aquí. Enseguida vuelvo.

Volvió a los pocos minutos, seguido de cerca por una mujer bajita de cabellos blancos y gruesos anteojos. La mujer se ayudaba a caminar con un andador.

─Margaret Patrick ─dijo Millie─, le presento a Ruth Eisenberg. Ella también tocaba el piano, pero, al igual que usted, no ha podido tocar desde su hemiplejia. La señora Eisenberg tiene bien su mano derecha y usted tiene bien la izquierda, y yo tengo la sensación de que las dos juntas pueden hacer algo maravilloso.
─ ¿Sabes el Vals en re bemol de Chopin? ─le preguntó Ruth. Margaret asintió.

Una junto a la otra se sentaron al piano. Dos manos sanas ─una, con largos dedos negros llenos de gracia; la otra, con cortos y regordetes dedos blancos─ se movieron rítmicamente a lo largo de las teclas de marfil y ébano. Desde ese día, se sentaron juntas al teclado cientos de veces: la mano buena de Ruth toca la melodía y la mano buena de Margaret ejecuta el acompañamiento.

Su música ha hecho disfrutar al público por televisión, en iglesias y escuelas, en centros de rehabilitación y geriátricos. Y en la banqueta del piano, estas dos mujeres han compartido más que la música. Juntas producían unas melodías armoniosas que ambas amaban, porque cada una de ellas estaba dispuesta a compartir lo mejor de sí.

Esa es la verdadera amistad, el verdadero amor, el que actúa como el sol que resplandece y comunica luz. Para ser positivos debemos dejar que el amor nos impregne de la paciencia necesaria para gestionar bien cualquier situación.

Hay quien define al amor como el gran armonizador y sanador de la vida, porque siempre está dispuesto a compartir con los demás, lo mejor de sí mismo.

 

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