Todo ser humano,
por el mero hecho de serlo,
merece un homenaje.
-J.L. Sampedro-

 Con frecuencia caemos en dos fallos de percepción: desconocer e infravalorar nuestros talentos, o no reconocer ni aceptar nuestros errores y limitaciones. Eso nos aleja de la realidad y nos complica la vida.

Aceptarse no es lo mismo que gustarse o despreocuparse por el propio desarrollo personal. Debemos aceptar nuestra realidad corporal, temperamental o psíquica: esas limitaciones del cuerpo, del carácter o de la conducta que no acaban de entusiasmarnos y que, si pudiéramos, modificaríamos.

La gran cantante lírica Montserrat Caballé (1933-2018), considerada una de las más grandes soprano del siglo XX, era de una complexión muy voluminosa que ella aceptaba sin ningún complejo, aunque, lógicamente, le hubiese gustado tener un tipo menos voluminoso, como reconoció varias veces en distintas entrevistas.

Llevaba su obesidad con elegancia y sin lamentaciones inútiles. Llevaba a la práctica la oración de los Alcohólicos Anónimos: «Concédeme, Señor, la serenidad de aceptar lo que no puedo cambiar, la valentía de cambiar lo que puedo, y la sabiduría para distinguir lo que puedo de lo que no puedo».

 Y es que, hay aspectos físicos que, en la práctica, no se pueden modificar; como también hay errores que, una vez cometidos, no tienen vuelta atrás, o pautas de conductas incorrectas que han arraigado tanto en nosotros que son prácticamente imposibles de extinguir. Pero esto, si lo sabemos aceptar con serenidad, nos hará vivir en paz con nosotros mismos, que es una de las bases fundamentales para una vida feliz.

El psicoterapeuta canadiense Nathaniel Branden (1930-2014) dice: «Si puedo aceptar ─me guste o no me guste─ que soy lo que soy, que siento lo que siento, que he hecho lo que he hecho…, entonces puedo aceptarme a mí mismo… y estoy del lado de la realidad, no contra ella y no tengo que malgastar mis energías pretendiendo, ante mí mismo y ante los demás, no ser lo que en realidad soy».

 Si queremos y valoramos a otras personas a pesar de sus defectos, ¿por qué no vamos a querernos a nosotros mismos a pesar de nuestras limitaciones?

Es bueno aprender que no es razonable ni útil identificar a la persona ─siempre, siempre, digna de respeto─ con su conducta, no siempre respetable. Esta diferencia se hace connatural en nosotros a base de no confundir lo que hacemos con lo que somos.

Hay conductas, propias y ajenas, reprochables que nos llevan a juzgar negativamente lo que hacemos, pero eso no debe impedirnos amar lo que somos.

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