Las palabras amables pueden ser
cortas y fáciles de decir,
pero sus ecos realmente no tienen fin.
-Madre Teresa de Calcuta-

Cuando en el año 2007 tuve que ir a trabajar a Pamplona y el Sr. arzobispo, D. Francisco Pérez, me propuso ser su secretario particular, se me abrieron varios desafíos. Uno de ellos, estar a la altura de la forma de ser de D. Francisco, hombre entrañable, cercano, acogedor. Mi manera de ser es otra, así es que me propuse practicar la amabilidad. Y parece que lo conseguí, porque en varias ocasiones le comentaron a D. Francisco:

Qué secretario más amable tiene usted.

Aprendí que hay que empezar por uno mismo; si queremos que las personas con las que tratamos sean más amables con nosotros, hemos de empezar por ser más amables nosotros con ellas. Para eso, hay que esforzarse en actuar constantemente como si fuésemos el ser más amable del mundo; y esa actitud genera un hábito que hará espontánea nuestra amabilidad. Es la manera natural de despertar un eco de simpatía en nuestro entorno.

¿Cómo empecé? Esforzándome por estar pendiente de los demás, puesto que la amabilidad es una cualidad basada en la bondad, la comprensión, la generosidad, la cortesía y la afabilidad. El esfuerzo que esto supone se ve pronto correspondido con la actitud acogedora de los otros.
Pude experimentar una cosa: cuesta el mismo trabajo ser simpático que ser antipático y, sin embargo, es mucho más rentable lo primero.

Ser amable no cuesta nada y nos beneficia a todos porque, con nuestra amabilidad alegre, enriquecemos la vida de los que nos rodean y, de paso, nosotros nos llenamos de entusiasmo contagioso. La amabilidad puede cambiar el mundo.
Enseguida se nota cuando repartimos un poco de amabilidad diaria. Cuando sonreímos al desear buenos días y buenas tardes al entrar en un local, cuando damos las gracias por algún favor, cuando cedemos el paso…

La experiencia demuestra que podemos valorar a las personas por sus capacidades, cualidades o valores; pero que a las personas que queremos, independientemente de sus cualidades, son aquellas que se hacen querer porque habitualmente practican la amabilidad.

No es, sin duda, la mejor razón, pero, aunque solo fuera por puro egoísmo, todo el mundo debería ser amable para conseguir sus objetivos; porque como dijo William Shakespeare: «Es más fácil obtener lo que se desea con una sonrisa que con la punta de la espada».

         No hay duda: para nuestro bien y el de los demás: amabilidad.

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