La fe no es creer lo que no vimos,
 sino creer lo que no vemos.
– Miguel de Unamuno-

 

Durante su larga y dolorosa enfermedad (cáncer linfático) Narciso Yepes pasó momentos difíciles. Él nos cuenta:

Estoy enfermo, me encuentro mal y todos empiezan a decir: «Es que has abusado de tu cuerpo, es que lo has agotado, es que, es que…, y sobre todo es porque se ha ido Juan…».
         Si he de sufrir será para adentrarme más en la intimidad de Dios; el sufrimiento ha de ser para algo, no para pagar una culpa, ni siquiera para purificar. No, no. Yo he vivido lo mejor que he sabido y si lo he hecho mal, es que no sabía hacerlo mejor. He vivido con honradez, amando, confiando. ¿Y qué es mejor o peor? ¿Qué?

  Estaba Narciso absorto en estos pensamientos cuando se le acercó su nieta Clara, y le dijo:

Yayo, ¿por qué lloras?

   Narciso no pudo contestar. La niña puso sus manecitas redondas sobre su cara y el yayo, emocionado, pensó:

En las manitas de mi nieta siento, Señor, el calor de tu presencia. Hay una edad en la que los niños empiezan a formular preguntas y, ante la evidencia de la no respuesta, callan. Yo también pegunto así, sin esperar respuesta, pero no me abandones, mi Dios, alumbra mi noche.

Hay veces que necesitamos llorar, porque no podemos con la cruz que nos toca en ese momento. Nuestra cabeza puede aceptar algo que no entiende el corazón, pero la sensibilidad, herida, se revuelve. Sabemos que nuestra cruz, por grande que nos parezca, no tiene comparación con la de Cristo. La experiencia nos dice que la nuestra no es ni la más grande ni la más pesada de las cruces, pero es la nuestra y nos pesa a cada uno más que a nadie, porque nadie la puede llevar por nosotros.

Aunque hay veces que, humanamente, pasamos por situaciones duras e incompresibles, mirado con los ojos de la fe, el llanto termina en amor porque el sufrimiento encuentra un sentido incluso cuando se rompe la vasija de la esperanza. Con fe, el amor no se pierde porque todos sus caminos van a parar al amor más grande, ese que todo lo envuelve.

Cuando se ama así, cuando sabemos ver en todo lo que nos acontece la mano de Dios, entonces, por muy oscuro que esté todo, sentiremos que una luz alumbra nuestra noche.

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