sinceridad 1

Luchar contra la hipocresía
como un principio de la vida vale la pena,
 porque te sientes bien contigo mismo.
 -José Mourinho-

          En la consulta el paciente le dice al médico:
         -Doctor, directamente, sin rodeos, en cristiano, ¿qué enfermedad tengo?
         -Pues padece usted alcoholismo agudo.
         -Bien, pues ahora en latín, para decírselo a mi mujer.

          Ocurre con frecuencia que cuando pretendemos engañar a los demás, nos engañamos a nosotros mismos. Y, normalmente, somos los primeros en pagar las consecuencias de nuestro engaño.

La vida construida sobre la mentira destroza la convivencia. Quizás nos hemos habituado a convivir con su presencia cenagosa, a respirar su aliento fétido, y ni siquiera nos damos cuenta de cómo nos va infectando por dentro, cómo nos pudre el alma y nos encharca los sentimientos.

La mentira, la calumnia, la hipocresía campean sobre nuestras vidas, su mancha invasora se infiltra en nuestra sangre y se funde con nuestras células, hasta convertirse en sustancia de nosotros mismos, a nada que nos descuidemos.

Hemos consagrado la presunción de inocencia como principio elemental de nuestras modernas democracias, pero cada día pisoteamos ese principio y nos limpiamos el barro de los zapatos en él, como si se tratase de un felpudo. ¿No está ocurriendo que la malicia popular, azuzada por los medios de comunicación, ha consagrado la mentira, la calumnia y la hipocresía como herramientas impunes y risueñas?

Así se despachan honras, se allanan virtudes, se airean intimidades y se destruyen prestigios. Vivimos instalados en un clima de degradación moral irrespirable y la hipocresía, como un monstruo anaeróbico, parásita nuestra convivencia.

Confiemos en que el sentido común no deje de asistirnos a la hora de distinguir el blanco del negro y que la civilización se imponga, a base de razón y sentido común, a la barbarie.

La mentira, el infundio, la hipocresía se suelen usar como una estrategia de comunicación ocultadora y tergiversadora de lo real que nubla la posibilidad del conocimiento acerca de la naturaleza de un acontecimiento, un estado anímico o un sentimiento.

La mentira, la calumnia o la hipocresía suele ser una careta para esconder la insatisfacción, la amargura y la cobardía. Por eso es muy saludable que, de vez en cuando, nos paremos, reflexionemos y nos preguntemos:

¿Yo suelo hablar en cristiano o en latín?

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