A qué se debe 2 - ¿ A qué se debe?

La belleza del rostro es frágil,
 es una flor pasajera,
pero la belleza del alma es firme y segura.
-Molière- 

En el año 300 a.C., Confucio le preguntó al filósofo chino Mencio:
Todos somos seres humanos. ¿A qué se debe que unos seamos grandes y otros pequeños?
—Quien presta atención a su yo amplio —respondió Mencio— se convierte en un gran hombre; quien presta atención a su yo limitado se convierte en un pequeño hombre.
—Pero todos somos seres humanos —insistió Confucio—. ¿A qué se debe que algunos presten atención a su yo amplio, y otros se circunscriban a su yo limitado?
—Sencillo —comentó Mencio—, cuando nuestros sentidos de la vista y el oído se distraen con cosas exteriores, sin participación del pensamiento, las cosas materiales actúan sobre los sentidos materiales y los extravían. Tal es la explicación. La función de la mente es pensar; si uno piensa, conserva la mente; si no piensa, pierde la mente. Quien cultiva su yo superior descubrirá que su yo inferior se acompasa. Así es como uno llega a ser un gran hombre.

 A todas horas nos invaden los anuncios de hombres apuestos y mujeres encantadoras, intentando vendernos algo con el inequívoco mensaje: Tú puedes ser como nosotros si compras este producto. Pero, por supuesto, en la vida real no es cierto que uno sea guapo y feliz por usar tal o cual producto. La parte bella, feliz y amable procede del interior; no le afectan ropas, coches u otros aderezos exteriores, porque la verdadera belleza no es epidérmica.

La belleza radica con frecuencia en la actitud que adoptamos hacia otras personas, de ahí la importancia de intentar ser capaces de ver a las personas más allá de sus ropas, coches o dinero. Tenemos que esforzarnos por conocer su interior.
La contribución de las personas verdaderamente grandes a nuestra vida no puede medirse por el volumen de su cuenta bancaria, sino por la profundidad de su espíritu.

Hay que aprender de la historia, e imitar a esas personas influyentes que tuvieron unos orígenes humildes, sin los bienes y ventajas materiales de los que otros disfrutan, y, sin embargo, hicieron un gran bien entusiasmando a otros con proyectos constructivos.
Me refiero, por ejemplo, a san Francisco de Asís o a Mahatma Gandhi, y tantos otros que, en su fuero interno, eran de verdad bellos y ricos de espíritu viviendo pobremente.

 Sería muy bueno que cultivásemos nuestra fuerza interior hasta el grado de que los demás pudiesen percibirlo y, al vernos constructivamente positivos, les surgiese la pregunta: ¿A qué se debe?

 

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