gato muleta

Ganar no lo es todo,
pero querer ganar sí lo es.
Vince Lombardi-

Están dos amigos comentando las incidencias del fin de semana.

         – ¡Vaya miedo que pasamos ayer!
– ¿Qué os pasó?
– Mientras merendábamos en el campo, apareció un toro enorme, y si no es por mi cuñado hubiera ocurrido alguna desgracia.
– ¿Qué es lo que hizo tu cuñado?
– Que le pegó 20 muletazos al toro.
– Pero, ¿tu cuñado es torero?
– No, pero es cojo.
 

Con frecuencia se nos presentan en nuestro diario caminar «toros bravos» que tratan de sacarnos del camino normal. Si cedemos a sus pretensiones, acaban colonizándonos como parásitos y nos arrastran por la vía ancha y florida del instinto caprichoso.

El alma se vulgariza y se hace ramplona. Parecería que queda convertida en barro a fuerza de consentir las exigencias del barro de las pasiones, de los caprichos y de las debilidades.

Vivir es escoger y escoger es sacrificar algunas cosas. Hacerse «contra» el hombre a sí mismo será siempre un principio fundamental. Lo que pasa es que somos tan «humanos» que buscamos disculpas por todas partes y a todas horas. Disculpas fáciles que pretenden encubrir cobardías.

Pero no culpemos a las «circunstancias», tengamos el valor de confesar la cobardía de nuestra voluntad encogida o el egoísmo que nos impulsó a olvidar el bien durable para gozar del placer bastardo.

Somos muy propensos a «echar la culpa al empedrado», por eso creo que tiene razón el doctor Rof Carballo: por muy a prueba que sometan las circunstancias al hombre, la principal prueba del hombre consiste en enfrentarse consigo mismo.

El hombre es dualidad. Dualidad de tendencias e ideales. Dualidad de fuerzas y amores. Impulsos que elevan y parásitos que arrastran, nobleza o vilipendio.

Tendencia al bien, bondad inicial del hombre que propende a su destino glorioso eterno. Pero, por otro lado, el hombre sufre las dentelladas de pasiones inconfesables, de vergüenzas bochornosas, que lo arrastran a lo más bajo. Instintos, caprichos, parásitos misteriosos que se despiertan o apoderan de él, rebajándole de su grandeza.

Cuando nos atacan los «toros bravos» de la gana, el capricho, las sensaciones, los sentimentalismos, amoríos… y no los paramos decididamente, la voluntad acaba por no saber lo que quiere. Y, lo que quizás sea peor, no saber querer bien aquello que quiere. Entonces la inconstancia, la variabilidad, la falta de ideales y la pereza para enfrentarnos con la verdad, marcan nuestras vidas.

Y es que todo lo que hacemos nos marca, por eso ante las adiciones y parásitos que nos empobrecen la vida, no valen componendas, la mejor solución para librarnos de ellos es emprenderla a muletazos.

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