Gonzalo HerranzGonzalo Herranz es Profesor Honorario de Ética Médica del departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra. Nacido en 1931, estudió Medicina en Santiago de Compostela y Barcelona. Realizó la formación de post-grado en Barcelona, Tübingen y Bonn. Catedrático desde 1970, de Histología y Anatomía Patológica (Universidades de Oviedo y Navarra). Vicerrector de la Universidad de Navarra entre 1974 y 1978 y decano de la Facultad de Medicina (1978-1981). Miembro del Consejo Directivo de la Academia Pontificia para la Vida (1994). Miembro del Comité Internacional de Bioética de la UNESCO (1996). Recibió el Premio Médico Humanista del Año de España (1995). Experto en diferentes ocasiones (1986, 1987, 1989, 1991) ante el Parlamento Europeo (Bruselas y Estrasburgo) y presidente de la Comisión de redacción del Código de Ética y Deontología Médica de España.

1. Fue miembro del Comité de Bioética para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). ¿Podría explicarnos brevemente en qué consiste? ¿Cuándo surgió?

Es un Comité muy internacional que, desde 1993, trata de dar criterios válidos para todo el mundo sobre asuntos de bioética. Mi presencia en ese Comité fue breve, pero intensa. Acudí en 1997 como delegado de la Santa Sede para participar en los debates que llevaron a la promulgación de la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, un documento de extraordinaria importancia y que ha tenido mucha influencia.

2. ¿Cuáles han sido los principales retos que han perseguido a la hora de defender la vida desde dicho comité?

El reto venía de atrás. No se puede olvidar que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Naciones Unidas, de 1948, no es tan universal como su título indica: ni ella ni los demás documentos de la ONU reconoce derechos a los no-nacidos. Por definición, todos nacemos iguales; pero, para ser titular de derechos humanos, hay que haber nacido. Es trágico: como fetos carecemos de derechos humanos.

3. La crisis económica de nuestro tiempo ha causado grandes estragos en la sociedad. Sin embargo, no es menos cierto que la ausencia de valores también nos está perjudicando gravemente. ¿Le parece que también nuestros organismos internacionales adolecen de este achaque? ¿Es falta de conciencia o falta de consenso?

Los grandes organismos internacionales son muy complejos. Es muy difícil poner a todos de acuerdo: los consensos se alcanzan con muchas dificultades y muchas limitaciones. Está, sin embargo claro, que esos organismos van imponiendo tenazmente políticas de control de nacimientos, instando a los gobiernos a subvencionar la contracepción y el aborto.

4. ¿Considera que es la falta de claridad un defecto habitual a la hora de defender la vida, especialmente por los especialistas en bioética?

La claridad no falta. Los bioéticos tienen sus ideas muy definidas. Están polarizados: o defienden la vida o la minusvaloran y desprecian. No hay términos medios. Falta un fondo moral común, y abunda el desdén de unos por otros. A mi parecer, la bioética está bastante echada a perder porque lo bioéticos saben muy poca biología y prefieren ser más brillantes que rigurosos.

5. ¿Qué mensaje querría dar a los más pesimistas cuando se trata de apoyar,  implicarse, hacer que las propuestas ciudadanas lleguen a las clases políticas, que a veces nos resultan demasiado lejanas?

El mensaje es, para mí, claro: para influir en la sociedad hay que meterse en los parlamentos, en los medios de comunicación, en las sociedades científicas. Es tarea de los individuos. Y es tarea de grupos: hacen falta partidos políticos nuevos, grupos de presión serios, ONGs fuertes. Hay que meter levadura en la masa.

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