Alexander Tsiaras es un reconocido artista, periodista y diseñador. Estudió Pintura y Escultura y se ha formado a sí mismo en Matemáticas y Física. También aprendió por su cuenta varios lenguajes de programación. Trabajó con su hermano en una historia sobre el desarrollo de nuevas técnicas oftalmológicas que fue publicado en Life.

En la actualidad, se dedica a diseñar imágenes fascinantes del cuerpo humano y ha creado una página web de imágenes médicas basada en técnicas radiológicas. También colabora con la universidad de Yale para escribir algoritmos de cirugía virtual que puedan usarse en viajes espaciales. Ha recibido numerosos premios y dado conferencias en diversas sociedades médicas y de divulgación.

En este vídeo, Tsiaras nos descubre la belleza de la embriología, el increíble desarrollo del ser humano. Lo maravilloso de este proceso del que aún no se han podido crear modelos matemáticos.

“La historia comienza con los dos primeros personajes: el ovocito y el espermatozoide que se encuentran en la fecundación. Enseguida se da la primera división de las dos células que conforman el bebé y se continúa dividiendo cada 12-15 horas. A los 25 días, aparece  la cámara del corazón y a los 32 se desarrollan los brazos y las manos. Estos días son los de un crecimiento más rápido del embrión. Si el bebé se formase a esta velocidad durante todo el embarazo, pesaría una tonelada y media al nacer.

Antes de los dos meses (52 días) se desarrollan la retina, la nariz y los dedos. Durante el periodo de gestación se mantiene una conversación hormonal entre el embrión y la madre.  Mediante sustancias como la progesterona el embrión dice: ¡estoy aquí para quedarme!

Es increíble que todos los mecanismos biológicos, toda la información, esté en todas las células del cuerpo. Los dobleces de este “origami” están perfectamente programados desde el inicio”.

Y es que vivimos en un mundo increíble, aunque a veces veamos como un problema algunas maravillas de la Naturaleza, como es el existir de los bebés. Quizá no estaría mal que nos parásemos alguna vez a contemplar, tranquilamente, el misterio de la Vida.

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