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Hoy, 21 de marzo, se celebra el Día Mundial del Síndrome de Down y el próximo lunes el Día Internacional por la Vida. Con estas fechas señaladas y el debate sobre la llamada Ley Gallardón ocupando los medios de comunicación, un diario nacional ha publicado este martes una carta abierta a los diputados del Partido Popular, escrita por tres médicos especialistas que piden al Gobierno que retire el anteproyecto de la ley del aborto. En concreto, centran su demanda en la injusticia y crueldad que, según su opinión, implica eliminar totalmente el supuesto de la malformación fetal.

Para ellos resulta una “obligación ética y profesional” ilustrar a los gobernantes y al pueblo llano, para evitar que la “desinformación general” cause desgracias. Por eso resaltan el hecho de que en los países desarrollados, gracias a las leyes de interrupción voluntaria del embarazo “las anomalías congénitas graves han disminuido considerablemente”. Pero se equivocan, porque lo que ha descendido considerablemente no son las anomalías, sino las personas con esas anomalías. Lo pintan de avance científico cuando el progreso realmente sería encontrar modos de solucionarlo, sin tirar por la vía fácil de eliminar al sujeto de la malformación.

Los tres especialistas continúan exponiendo su saber y dividen las anomalías congénitas en cuatro tipos, aunque señalan que “no se trata de una clasificación científica”: leves, de gravedad intermedia (la mayoría de las personas con Síndrome de Down estarían en este grupo), graves y muy graves. Denuncian que la reforma de la ley “condenará a muchos niños y sus familias a sufrimientos terribles” ya que no se podrá abortar tengan la anomalía que tengan.

Los firmantes de la carta no se meten a hablar de dignidad, y hacen bien, porque la dignidad tiene que ver con la noción de persona y ambos términos son objeto de estudio de la filosofía, no de las ciencias experimentales. Pero aunque no lo digan explícitamente, la antropología que subyace en sus argumentos equipara “vida digna” a “vida sin sufrimiento”. Sin embargo, ¿qué es exactamente la dignidad?

Dignidad ontológica es la que cada persona tiene por el simple hecho de ser, independientemente de su obrar, de lo buen profesional que sea, las notas que saque, las virtudes o los vicios que tenga. Por eso un asesino, aunque haya perdido su dignidad moral por sus actos, posee siempre una dignidad ontológica, y por eso la pena de muerte va contra los derechos humanos. Esa dignidad primera es tan esencial e irrenunciable que hasta el peor de los criminales sigue siendo persona aunque sus acciones hayan sido inhumanas.

Si esto es así, ¿de dónde viene la idea de que el sufrimiento resta dignidad? La historia nos da ejemplos de gente que, en situaciones de dolor extremo, no solo no han perdido esa propiedad esencial, sino que han logrado además una dignidad moral muy encomiable por su modo de afrontarlo. Los campos de concentración de los nazis fueron el ejemplo de los peores actos que el hombre podía hacer, pero allí el psiquiatra Viktor Frankl descubrió que unas mismas circunstancias de sufrimiento no hacían que todas las personas que las padecían reaccionaran igual. El doctor Frankl lo resumía así: «El hombre es el ser que inventó las cámaras de gas de Auschwitz, pero también el ser que entró erguido en dichas cámaras, rezando el Padrenuestro o con la oración judía de los agonizantes en los labios». Esa dignidad es la misma que hace decir a Etty Hillesum, judía también, mientras la trasladan de Westerbork al campo donde morirá: “Hemos dejado el campo cantando”.

De “vida digna” o “muerte digna” también se ha hablado recientemente con la aprobación de la eutanasia infantil en Bélgica. En una carta al Parlamento del país, ciento sesenta pediatras belgas especializados en el cuidado de niños gravemente enfermos aseguraban que ningún niño les había pedido nunca morir. En su texto afirmaban que realizaban ese llamamiento “desde la experiencia cotidiana, no como puro ejercicio filosófico de salón”. Además, hacían notar que “gracias al avance de las unidades de paliativos ningún niño sufre”.

Si no se tiene un concepto de la dignidad basado en el ser persona resulta coherente que entremos en distintas justificaciones, que situemos a los seres humanos en categorías “tipo I” y “tipo II”, y decidamos con criterios poco científicos qué “tipos” son dignos y cuáles no. Pero si vamos a hablar de la vida y de la muerte, estaría bien que supiéramos antes qué significa y qué implica ser persona.

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