20140117-075003.jpgMuchos de vosotros recordaréis a Alyssa –nombre ficticio para preservar su identidad–, la chica de la que os hablé la semana pasada. Joven, embarazada y sola, no se veía capaz de sacar adelante a su hijo. Aunque no quería abortar –pues era consciente de lo que esto supone–, su novio le amenazó con dejarle si no lo hacía. Tampoco contaba con el apoyo de su hermana, que le echaría de casa si continuaba con el embarazo.

Durante varias semanas, Alyssa sólo contó con la ayuda de las voluntarias de la oficina. Les visitaba con frecuencia, pues necesitaba desahogarse y sentir que había alguien que estaba con ella. Sin condiciones, sin prejuicios, sin amenazas.

Después de comunicarles su decisión de abortar, pues la presión de su familia era demasiado grande, y de entrar un par de veces al abortorio, para salir a los pocos minutos, no volvieron a saber de ella. Mi compañera, que había vivido muy cerca toda la historia, las dudas, las lágrimas… tuvo que volver a España. Antes de irse, intentó contactar con ella varias veces, pero no cogía el teléfono ni respondía a los mensajes.

Hace unos días, mi amiga volvió a Nueva York y recibió la mejor noticia de bienvenida: Alyssa había decidido continuar con el embarazo. El 24 de diciembre, la otra voluntaria que le había estado ayudando recibió una llamada de las Sisters of Life (Hermanas de la Vida). Le dijeron que la joven había contactado con ellas para contarles que iba a tener a su hijo. Aunque su hermana acabó echándole de casa, ahora vive con un familiar que le ayuda y le apoya. Está de 3 meses.

Una vez leí que, aunque la vida no venga envuelta con un lazo, sigue siendo un regalo. Cuánta razón. El bebé de Alyssa ha sido el mejor regalo de Navidad de muchas personas, empezando por ella.

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