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Sois muchos los que me habéis preguntado si todas las historias que estoy viviendo durante mi labor provida en Nueva York tienen un final feliz. Me gustaría deciros que sí pero, por desgracia, la respuesta es no.

Aunque después de hablar con nosotros muchas chicas deciden continuar con el embarazo, la sombra del aborto es un drama en la vida de todas ellas. Con independencia de la decisión que acaban tomando, las mujeres que vienen a nuestros centros sufren mucho ante la idea de verse abocadas a poner fin a la vida de sus hijos.

Siempre lo he dicho y lo mantengo –más ahora, que hablo con conocimiento de causa-: un niño no es el motivo que lleva a una mujer a abortar. Lo son las circunstancias en las que esa madre va a tener que afrontar el embarazo: soledad, abandono de la pareja, falta de apoyo en la familia, problemas económicos. Miedo. Es a esos problemas a los que hay que hacer frente para que ninguna mujer vea en el aborto su única salida. Existen alternativas y, gracias a ellas, muchos bebés viven hoy el amor incondicional de sus madres: casas de acogida, ayuda material, psicológica y espiritual, acompañamiento. Una mano amiga tendida cuando más lo necesitan.

Conocí a Monika –nombre ficticio para preservar su intimidad- hace un par de días. Cuando abrí la puerta, me encontré con una niña de ojos tristes y apagados. Me contó que, a sus 19 años, hacía siete meses que había dado a luz a su primer hijo. Cuando su padre se enteró de que estaba embarazada, le echó de casa. Con un hijo, sin recursos económicos y sin el apoyo de sus padres, volvió a quedarse embarazada.

En esta situación Monika vino a visitar nuestra asociación. Lloró mucho aquella tarde en la que estuvimos hablando. No confiaba en que las alternativas que le había planteado pudieran arrojar un poco de luz en medio de tanta oscuridad.

Le ofrecí la posibilidad de hacerse una ecografía y aceptó. Si ver a su bebé en la pantalla y escuchar el latido de su corazón fue una impresión para ella, la sorpresa fue aún más grande cuando la doctora le dijo que tenía dos bolsas en su vientre. Esperaba gemelos. Después de hacerse la ecografía volví a hablar con ella y me dijo que se veía incapaz de abortar a sus dos hijos, por muy duras que fueran las circunstancias. Todavía aturdida por la noticia, me pidió por favor que volviera a hablarle de todas las ayudas que podíamos ofrecerle.

Monika ha hablado con su novio –que apoyó el embarazo desde el principio- y va a vivir en una casa de acogida para madres gestantes. Allí no sólo recibirá asilo y cariño, también podrá seguir con sus estudios para poder dar a sus hijos el mejor futuro.

Muchos me habéis preguntado si todas las chicas que vienen a vernos deciden continuar con el embarazo. Es por eso que, cuando empecé a escribir este post, quise compartir con vosotros alguno de los testimonios que, desgraciadamente, tienen un final triste. Puede que la próxima semana. Esta vez, no he podido resistirme a contaros la historia de un pequeño milagro que vino multiplicado por dos.

op 1

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