A los que estamos comprometidos con la defensa de la vida y de la familia, muchas veces nos puede surgir una pregunta: ¿Cómo es posible que esté sucediendo esto? ¿Cómo es posible que se practiquen 46 millones de abortos al año, que médicos y personas formadas para salvar vidas estén dispuestos a matar niños después del nacimiento o a acabar con las vidas de enfermos y ancianos? ¿Cómo hemos sido capaces de llegar al punto de tener clínicas del suicidio asistido y de institucionalizar la muerte? Puede parecernos un misterio, buscamos causas ideológicas para lo que está ocurriendo, pero incluso esto parece no ser suficiente para dar una explicación satisfactoria al nuevo Holocausto que estamos presenciando.

La filósofa Hanna Arendt  se hizo exactamente las mismas preguntas mientras acudía como reportera al juicio de Adolf Eichmann. Eichmann fue un Teniente Coronel de la SS Nazi, responsable directo de la “solución final”. Sobre sus manos descansaba la responsabilidad del transporte de judíos a los campos de concentración. Eichmann fue capturado en su casa en Buenos Aires y llevado a Jerusalén para ser juzgado. Los periodistas que acudieron al juicio esperaban encontrarse con un monstruo o un sociópata, un ser inhumano lleno de odio hacia los judíos, pero solo encontraron a un ser humano. Según testificó, Eichmann no tenía nada en contra de los judíos, simplemente seguía las órdenes de sus superiores.  ¿Qué tipo de maldad es ésta? ¿Qué hay detrás de las acciones de alguien como Eichmann? Según Arendt, no hay nada. Es una maldad banal. No está movida por el odio irrefrenable o la patología, sino por la igualmente peligrosa superficialidad. Detrás de esa maldad no había nada, y eso es precisamente lo más peligroso: una maldad tras la que no se esconde la locura ni la patología, sino la radical ausencia de pensamiento. Son acciones cometidas por personas superfluas, incapaces de dar una respuesta propia a una situación moral conflictiva.

La mayoría de nosotros tenemos amigos que están a favor del aborto y de la eutanasia, incluso conocemos a muchos activistas de la causa. Quizás inconscientemente, también esperamos encontrarnos con monstruos y nos sorprendemos al encontrarnos con seres humanos normales y corrientes.

Y es que, el mayor problema de nuestra sociedad no es el materialismo o el hedonismo, sino más bien lo que está detrás de esto: tantos jóvenes, tantos trabajadores de centros abortistas, tantos doctores que han renunciado a pensar. Y también por eso es que quizás nuestra mayor tarea debe ser enseñar a la gente y hacerlo nosotros mismos: pensar las cosas por uno mismo, dar nuestras propias respuestas a los problemas que se nos presentan, no aceptar ciegamente los patrones propuestos por la sociedad. Tenemos que enseñar a la gente a cuestionarse las cosas.

El camino más seguro para cambiar el mundo es también el más difícil porque, como ya dijo Arendt, “no hay pensamientos peligrosos, el pensamiento es peligroso”. Éste nos puede llevar a descubrir cosas que no queremos afrontar. Por ello, tenemos que estar dispuestos a aceptar la verdad, una vez que demos con ella. Esto no es fácil, requiere valentía y esfuerzo, pero es la única manera en la que nuestra sociedad adquirirá fundamentos lo suficientemente sólidos para que podamos construir sobre ella.

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