Es miércoles y José Ángel tiene clase de hebreo a las nueve y cuarto. A esa hora, todos los seminaristas van al Centro de Estudios Teológicos, donde cursan las asignaturas correspondientes de Filosofía y Teología junto con algunos religiosos y otros diecisiete seminaristas del Seminario Diocesano Internacional y Misionero Redemptoris Mater de Pamplona, uno de los seminarios en los que jóvenes del Camino Neocatecumenal se preparan para ser sacerdotes misioneros destinados a la evangelización de diversos países. Con ellos también organizan algún partido de fútbol durante la semana.

A la una terminan cada día las clases y la comida es a las dos en punto. Por la tarde, a partir de las cuatro, el reglamento indica que cada seminarista debe estar estudiando en su habitación con un descanso a las cinco y media para merendar. A las ocho comienza una sesión de formación, hasta las nueve, cuando los seminaristas se reúnen en la capilla para rezar vísperas durante media hora antes de la cena. A las diez y media es la última oración en común antes de que en el seminario impere el silencio hasta la mañana siguiente, cuando el rector se levante del último banco de la capilla y dé comienzo, como cada mañana, la oración.

José Ángel se ha adaptado rápidamente a este horario. Es seminarista desde hace poco más de medio año, pero ya había decidido ser sacerdote en julio de 2011. Estudiaba Derecho en la Universidad de Navarra y el 30 de junio de ese año, tras acabar el último examen del cuarto año de carrera, fue a pasar unos días al monasterio de Leyre. Tiempo atrás, durante las conversaciones que tenía con su madre cada día mientras desayunaba, José Ángel le había confiado sus inquietudes: “El Señor me pide algo pero mi novia no entra dentro del plan”. Esta idea se la pudo volver a contar al abad del monasterio. “Esto es sintomatología de una vocación sacerdotal”, concluyó el religioso tras escucharle atentamente.

Seminaristas Pamplona

José Ángel asegura que su padre “todavía se está recuperando” de la noticia que le dio cuando, tras una semana en el monasterio, le hizo subir junto con su madre para comunicarles su deseo de ser sacerdote. “Mi padre tenía muchos planes puestos en mí –cuenta José Ángel–, se veía ya prácticamente con nietos, porque yo tenía intención de casarme”. El 5 de julio, José Ángel bajó de Leyre y fue a visitar a su novia para ponerla al corriente de las novedades.

A José Ángel todavía le quedan por delante un mínimo de cinco años para ser sacerdote, puesto que tiene que estudiar en total dos años de Filosofía y tres de Teología. A Federico, el diácono, sólo una semana. Son dos ejemplos de los jóvenes que se preparan en Navarra para el sacerdocio. Además de los once seminaristas del seminario diocesano, también están los cinco guipuzcoanos, los diecisiete del seminario misionero y los cien del Colegio Internacional Bidasoa, que regresarán a sus países una vez ordenados sacerdotes. En España el año pasado aumentó el número de seminaristas un 4,2% y se ordenaron 159 sacerdotes de los 106 seminarios y centros de formación que existen.

Federico está convencido de que “Dios sigue llamando al mismo número de gente para el sacerdocio que antes”. En Pamplona, esperan con ilusión la previsible llegada de tres nuevos seminaristas el próximo curso. A pesar de que estén lejos de los números de antaño, para Miguel, el rector, no es tiempo de pesimismo, sino de “ilusión y esperanza”.

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