José Ángel Zubiaur es, a sus veinticinco años, el benjamín del seminario y el único nuevo inquilino del “pabellón nuevo” este curso. El antiguo edificio, que fue hospital antes que seminario y colegio diocesano de los setenta a los noventa, está ahora ocupado por una residencia de ancianos, otra de sacerdotes, y el Centro de Estudios Teológicos, donde los seminaristas y algunos religiosos reciben sus clases de Filosofía y Teología.

A las siete menos cuarto de la mañana el despertador de José Ángel comienza a sonar. Unos minutos antes, un camión ha descargado una caja con barras de pan en la puerta trasera del seminario, cuando todavía era de noche. A las siete y diez minutos llega Pili, una de las dos mujeres que se encarga de la cocina y de la limpieza de las zonas comunes, y recoge el pan para subirlo hasta la segunda planta, donde están la cocina, las habitaciones, una biblioteca, una sala de estar, el despacho del rector y alguna sala de reuniones. En la tercera planta se encuentra sólo la capilla y el resto del “pabellón nuevo” está, por el momento, desocupado.

Una puerta ancha con cristales opacos da acceso a la capilla del seminario, una estancia rectangular reconvertida en oratorio. El cielo, cada vez más claro a medida que el sol se levanta, se puede ver a través de las ventanas, que se extienden en horizontal en la parte alta de la pared de la izquierda, pintada de salmón. Dos hileras de cuatro bancos cada una dejan en el medio un pasillo, por el que se puede avanzar hasta la zona del presbiterio. Sobre una tarima de madera oscura se sitúa el altar. Al fondo, un sencillo retablo contiene una talla a primera vista románica de la Virgen con Jesús niño sentado sobre su regazo. A derecha e izquierda del retablo se elevan tres candelabros plateados que contrastan con el azul de la pared. Todo el conjunto se remata con una peana de madera oscura de la que surge un crucifijo, a la izquierda, y un sagrario de madera labrada y pintada colgado de la pared, a la derecha.

José Ángel Zubiaur

Aunque podrían caber hasta cuatro personas por banco, en ninguno se han sentado más de tres. A las siete y cuarto de la mañana Miguel, el rector, se pone en pie en la última fila y pronuncia una invocación inicial que seguirán el resto también en voz alta: “Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza”. En la capilla están el rector, el formador, el director espiritual y los seminaristas. Tras rezar un salmo, comienza media hora de oración en silencio. En la parte trasera de cada banco hay un hueco donde se apiñan libros de lectura espiritual y misales, acompañados por algún que otro rosario y un par de paquetes de pañuelos de papel.

El silencio sólo es interrumpido por el canto de varios pájaros que acaban de despertar y por el ruido de las hojas de los libros al pasar página. En la pared de la derecha, una imagen de san Francisco Javier y otra de san Fermín observan inmóviles la oración de los futuros sacerdotes, al igual que la reproducción del Ángel de Aralar, colocada sobre una peana al lado del sagrario.

Cuando termina la oración, da comienzo la misa, en la que también se rezan las laudes, la oración matutina de la Iglesia compuesta por salmos y lecturas de la Sagrada Escritura. Ignacio, uno de los seminaristas, toca el órgano colocado al final de la hilera de bancos de la derecha, mientras José Ángel, junto con el resto, entona cantos en castellano y latín en diversos momentos de la celebración.

Cuando son las ocho y media llegan todos al comedor. Es una sala no muy ancha, en la que hay varias mesas a los lados y al fondo. En el centro, los más rápidos se apiñan ya alrededor de un carrito con galletas, pan, leche, tocino frito y otros alimentos. Sobre las mesas están colocados tazones y platos de vidrio naranja.

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