Federico es uno de los dieciséis seminaristas que se forman en el Seminario Diocesano Conciliar San Miguel Arcángel de Pamplona. A los once seminaristas navarros se les han sumado en el último curso cinco guipuzcoanos, que se ordenarán en su diócesis correspondiente cuando acaben los años de estudios en Pamplona. Lejos han quedado los centenares de chicos que obligaron a construir el imponente edificio que se levanta hoy al final de la avenida Baja Navarra.

En 1936 el viejo seminario pamplonés –situado cerca del palacio episcopal y fundado en 1777– se había quedado pequeño y en malas condiciones de salubridad y por eso se acababa de construir un nuevo edificio. La fachada, en forma de cruz, se podía distinguir desde diversos puntos de la ciudad. Suponía un desafío a las leyes del Gobierno republicano, que comenzaba a prohibir los crucifijos en las aulas y lugares públicos.

Los quinientos jóvenes para los que se diseñó el edificio no llegaron a habitarlo, sin embargo, hasta 1939. En mayo de 1936 habían comenzado a vivir 318 seminaristas para comprobar que todo funcionaba bien antes de la inauguración oficial, pero en julio la guerra civil española lo convirtió en un improvisado hospital de guerra. 32.700 heridos pasaron por él mientras los seminaristas se habían ido, unos al frente, otros a sus casas y alrededor de cuatrocientos al antiguo edificio cerca del palacio episcopal.

Seminario de Pamplona

Pasada la contienda, el edificio rematado con la inmensa cruz en su fachada fue inaugurado como seminario y comenzó su vida habitual en el curso 1939-1940. Pocos podían pensar que sus quinientas plazas se iban a quedar cortas en unos años. Tal fue el incremento de vocaciones en las décadas de los cuarenta y los cincuenta que se tuvo que determinar la construcción de un nuevo edificio contiguo, inaugurado en 1963, con capacidad para trescientos jóvenes más. Pasillos corridos con camas separadas por una cortina fue la forma de distribuir el espacio para albergar las nuevas vocaciones.

En este edificio tiene el despacho Miguel Larrambebere, actual rector del seminario de Pamplona. Desde hace cincuenta años, los seminaristas navarros viven en el que llaman “pabellón nuevo”, al que en 1985 se le construyeron paredes para dividir en habitaciones los amplios y largos pasillos de camas y cortinas. En torno a 1965, el seminario pamplonés contaba con más de mil seminaristas desde los once hasta los veinticuatro años. Ahora, los dieciséis seminaristas que viven en él pueden tener habitaciones individuales y con baño.

“Estamos en un momento bajo –asegura Miguel–, pero sería absurdo compararse con el pasado, con otras situaciones que no tienen nada que ver con la nuestra”. Para el rector, lo importante es que el seminario, aunque “con números modestos”, ha mantenido su actividad ininterrumpidamente en los últimos treinta años, porque no ha sido siempre así. El edificio que bullía de vida en 1965 con un millar de seminaristas se quedó sin vocaciones que cobijar en 1968. “A finales de los sesenta vino el hundimiento, hubo una especie de convulsión interna”, recuerda Miguel. Todos los jóvenes abandonaron el camino vocacional menos unos cuarenta de entre los que habían empezado ya los estudios de Teología, que se distribuyeron por pisos con formadores del seminario para llevar, según Miguel, “otro tipo de vida, de filosofía”. Esta situación se prolongó de 1968 a 1985.

A la vista de la historia reciente, para el rector “el hecho de que existamos es un signo muy grande en medio de esta sociedad”, aunque tiene claro que “hay que pedir vocaciones en la oración y hay que trabajar con buen sentido y acertar, para que las personas que puedan estar llamadas conecten con el seminario”. Miguel está al frente de un grupo de seminaristas con una media de edad cercana a los treinta años. De ellos espera que se conviertan en sacerdotes “con un acceso muy directo a las personas, con un trato personal, en el tú a tú”. Para él, el sacerdote que necesita el mundo tiene que reconocerse porque “su humanidad, su modo de ser, de actuar, de hablar, de pensar y de tratar a la gente den a entender que está viviendo algo muy grande, muy hermoso y muy atractivo; algo que es mucho más que humano”. Junto con estas cualidades es necesario, según el rector, que los futuros sacerdotes “lleven a la gente a la misericordia y al amor, a conocer a Cristo”.

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