En la publicación diocesana «La Verdad» se ha publicado un reportaje muy interesante sobre los futuros sacerdotes de la diócesis, que cursan sus estudios actualmente en el seminario de Pamplona. El texto es de David Sanchis y las fotos de Daniel Sierra. Os lo dejamos a continuación, fraccionado en varias entradas.

Quieren ser sacerdotes

Dieciséis jóvenes se preparan en el seminario de Pamplona para recibir las Sagradas Órdenes

DAVID SANCHIS

Dentro de una semana Federico Ibaibarriaga será sacerdote. Tiene 32 años y dice que se le ocurrió esta “idea loca” a los diecisiete, durante una convivencia en la parroquia de Nuestra Señora de la Paz de Pamplona. Un sacerdote misionero estaba contando su vida cuando a Federico le vino a la mente un pensamiento fugaz: “Podría ser como él”. No le dio demasiada importancia, pero tampoco lo olvidó.

Arquitectura Técnica era una carrera de tres años cuando Federico comenzó sus estudios universitarios. Nunca estuvo a gusto y, tal vez por eso, se encontró a las puertas de su sexto año en la universidad sin lograr sacar adelante todas las asignaturas: “Algo no encajaba, no acababa de sentirme en mi sitio”.

Federico Ibaibarriaga

Comenzó a acercarse más a la Iglesia y, cuando iba a misa o se confesaba, aquel pensamiento de años atrás le perseguía, hasta que en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en 2005 en Colonia, todo encajó. La archidiócesis de Pamplona-Tudela había organizado un viaje de quince días por Europa antes de llegar a la ciudad alemana para acompañar al Papa y Federico se apuntó “por turismo”. Sin embargo, durante esas dos semanas conoció a un grupo de seminaristas navarros: “Eran jóvenes normales, muy alegres, muy en su sitio y muy llenos, y eso es lo que me faltaba a mí”.

De nuevo en España, comenzó a hablar con el sacerdote Juan Carlos Elizalde y se matriculó de su séptimo año de universidad, aunque ya intuía que su futuro profesional no iba a ser el que pensó años atrás. Fue en la Javierada de 2006 cuando decidió comenzar un curso introductorio en el seminario, un día a la semana, “para ver si realmente tenía vocación”. Los padres de Federico no supieron nada de los planes de su hijo hasta el último momento: “Se lo dije en septiembre de 2006, dos semanas antes de entrar al seminario. Se preocuparon de que pudiera ser una huida de mi carrera, que no estaba saliendo”.

Siete años después, Federico es diácono y viste de negro y con alzacuello: “Pienso que es como el anillo de los casados, es un signo muy claro de quién eres tú y de dónde estás”. Tiene asumido que va “contracorriente”, pero está convencido de que “la sociedad sería mejor” si conociera a Dios. “La gente ve en un cura el que pone las normas –asegura Federico–, el que dice ‘esto está bien’ o ‘esto está mal’, pero no conoce al Dios cercano que nos ayuda. Se ha presentado el Decálogo sin presentar a Jesucristo y la gente se ha quedado sólo con las normas”.

Por esta razón, él quiere ser “un puente entre Dios y las personas y transmitir la cercanía de Dios no sólo con palabras sino con la forma de actuar, con el día a día”. Para eso asegura que es necesario “mucha oración y ser muy cercano a la gente”.

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