Kung Fu… ¿Panda?

No pocas veces, vemos ejemplos de películas hechas, al menos en apariencia, para niños, pero que, de fondo, contienen un mensaje que difícilmente un niño podría percibir. Un ejemplo reciente de esto es la magistral Coco (2017), de los estudios Pixar. Creo que Kung-Fu Panda también cumple esta característica de cine infantil con un fondo adulto. 

El film nos presenta la historia de un oso panda llamado Po. Este vive enamorado del kung-fu, y sueña con llegar a ser como sus héroes de la infancia, cinco grandes maestros de dicho arte marcial, algo que logra, por supuesto, tras una hilarante y particular odisea.

Sin embargo, y aunque Po es de vital importancia en el desarrollo del metraje, este parece girar realmente alrededor de otro personaje, que es quien nos va a acompañar en lo que creo que se puede presentar como el fondo de la película, que es el nada sencillo tema de la formación y acompañamiento personal, recientemente tratado en el Sínodo de los Jóvenes. Este personaje es el Maestro Shifu, el mapache. La película, pues, nos presenta dos formas negativas de vivir dicho acompañamiento, y dos formas positivas.

Dos formas negativas de vivir el acompañamiento espiritual:

1. Como proyección de lo que querrías para ti, es decir, como «padres satélites»

En un primer punto, se puede ver la historia entre Shifu y Tai Lung, el leopardo. En las escenas que cuentan el pasado entre ambos, se puede extraer un gran peligro, que es el de la falta de objetividad: Shifu se proyecta en su hijo-discípulo, es decir, trata a Tai Lung desde sí mismo; de este modo, llevado por el orgullo y por el cariño que le tiene, cree que Tai Lung debe ser el guerrero del dragón, y como él mismo expresa en la película, no ve en qué se va convirtiendo verdaderamente su discípulo.

Lo curioso es que Tai Lung justifica sus actos culpando a su maestro, diciendo que fue él quien le metió en la cabeza que sería el elegido. La historia, pues, empieza con la inocencia de un Tai Lung de niño que se convierte en la soberbia de un adulto que cree merecer lo que no le corresponde. Por tanto, cuando esto le es negado, reacciona rebelándose, y como Shifu es incapaz de detenerlo, es finalmente Oogway, la tortuga, quien lo hace.

Esto nos muestra que, cuando acompañamos a alguien, podemos caer en el peligro de guiar a esa persona por donde nosotros queremos, como unos “padres satélite” que están constantemente encima de sus hijos, proyectándose en ellos en lugar de sacar lo mejor de sus hijos. Es verdad que siempre hace falta disciplina, aunque esta no puede nunca ser la base de un acompañamiento, caeríamos en el segundo peligro que explicaré a continuación.

2.  Basándose en la disciplina pura y dura

En un segundo punto, se puede extraer el peligro diametralmente opuesto al anterior. Esto se ve claramente en la relación entre Shifu y los Cinco Furiosos. La relación con Tai Lung lo ha cambiado profundamente. Primero, vemos un Shifu cariñoso, cálido y amable; después, lo vemos frío, implacable, incapaz de dar una mínima muestra de afecto (desde la primera escena, en la que salen juntos, se ve con claridad), una relación basada en la pura disciplina.

En última instancia, la actitud de Shifu es la misma, aunque lo manifieste de forma diferente: Shifu vive desde sí mismo; su mala experiencia hace que tenga una actitud tan dura con los Cinco Furiosos y con Po. Cuando este llega al Templo de Jade, Shifu no le soporta, cree que es imposible que pueda ser el Guerrero del Dragón, y se niega a entrenarlo, intentando, por todos los medios, que se vaya.

A veces, sobre todo si trabajas con adolescentes, se puede perder la paciencia y puedes caer en la tentación de pensar que el acompañamiento es una batalla constante para hacer mejor al otro, quiera el otro o no. Esto también es un error. 

Dos formas positivas de vivir el acompañamiento espiritual:

1. Basándose en la confianza y en el cariño

La situación planteada cambia gracias a la otra actitud que, curiosamente, también muestra el propio Shifu. Esta actitud es la de mirar al otro; es la relación con su maestro, Oogway. En las distintas partes en la que se los ve juntos, se nota que, a pesar de no comprenderlo muchas veces, le hace caso, porque lo respeta, y lo más importante, porque confía en él.

Muy especialmente se ve esto en la escena en la que Oogway muere. Cuando le pone el ejemplo del melocotón, intenta hacerle ver que tiene que aprender a mirar hacia fuera, dejar de pensar en lo que quiere. Finalmente, Shifu, aunque se muestra a veces terco y soberbio “puedo controlar la caída, dónde plantarlo…”, cede ante la respuesta de su maestro “pero siempre te dará un melocotonero”. Al volver a plantearle el problema de que es imposible que Po se enfrente a Tai Lung, ante la respuesta de su maestro “a lo mejor sí que puede, si estás dispuesto a guiarlo, a educarlo”, Shifu le promete que creerá en Po.

El acompañamiento a veces puede ser difícil por parte del acompañado, lo lógico es que sea una persona más joven e inexperta que el acompañante. No pocas veces nos sentimos incomprendidos o desoídos, sobre todo cuando uno es especialmente joven, de carácter fuerte y cree que ya se lo sabe todo. La confianza es esencial. También la humildad. Humildad para reconocer que el otro pueda saber más que yo, confianza para creer que lo que me dice o hace es porque realmente busca mi bien.

2. Como un crecimiento mutuo

Es muy bonito, y tal vez el punto más fuerte de la película, el cambio de mentalidad de Shifu y su influencia en Po: el maestro experimenta, por un lado, la sensación de vértigo por no saber muy bien cómo actuar, ya que ha “perdido” a su maestro; se siente solo y se ha dado cuenta de que educar a alguien no es meterlo en un molde. Por otro, experimenta la gran emoción de lo que significa verdaderamente la educación, es decir, un crecer mutuo (una frase que vale su peso en oro es la de Shifu a Po: “Tendrás que aprender a confiar en tu maestro de igual modo que yo aprendí confiar en el mío”): nadie nace sabiendo ser padre, o profesor, o sacerdote, o lo que sea; se aprende siéndolo.

No pocas veces resulta frustrante este proceso: cabe pensar en unos padres que ven cómo sus hijos no son como a ellos les habría gustado que fuesen, o en un sacerdote que ve cómo una de sus almas no avanza tanto como él quisiera. De fondo, no pocas veces es el reflejo de la actitud de ver en el otro una oportunidad de realizase a uno mismo, en vez de mirar al otro y tratar que dé lo mejor de sí mismo.

Creo que es la idea más importante: sin ayuda, no se crece, y de un modo u otro, todos estamos llamados a ser guía de otros (los padres, de sus hijos; los curas, de sus fieles, etc.), de igual modo que otros nos guiaron y nos siguen guiando. La verdadera esencia del acompañamiento, también, en mi opinión, la parte más bonita, es que no es unilateral. Dios habla a cada uno (acompañante y acompañado) a través del otro. 

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