Copacabana JMJ

En la Vigilia del sábado y la Misa del domingo el Papa nos puso a rezar. Nos hizo preguntas incisivas que no se andaban por las ramas sino que iban a lo esencial: «¿Vos, rezás?» Nos repitió ideas principales, como queriendo tatuarlas en nuestra cabeza y nuestro corazón. Nos dio caña, porque quien te quiere de verdad, te exige, y nos dejó bien claro que «hay que sudar la camiseta tratando de vivir como cristianos».

En la espera al Papa el sábado, nos dio tiempo para hacer muchas cosas: hablar, conocer gente de distintos países, dar un paseo por la playa, rezar, ensayar la coreografía para el flasmob del domingo (hasta los obispos intentaban aprenderla…). Con la música del Ave María, mientras anochecía en Copacabana, el ánimo festivo se iba calmando para dar paso a un ambiente que ayudaba a rezar y a irse preparando para lo que íbamos a vivir con el Papa.

De los testimonios de los jóvenes de la Vigilia, el que más me impactó fue el de un chico en silla de ruedas que nos puso a todos a rezar de rodillas. Escuchando su historia y las de los demás, las tonterías por las que a veces nos agobiamos en nuestras vidas cobraban su justo valor.

Cuando sonó «Jesus Christ, you are my life», la cantamos a voz en grito. A nuestro alrededor, la gente también cantaba emocionada. La luna menguante y grande en el cielo, las olas del mar rompiendo a pocos metros, y tres millones de jóvenes cantando despidiendo al Papa hasta la mañana siguiente… Indescriptible.

La noche en Copacabana pasó tranquila. Una amiga y yo dimos una vuelta por el paseo marítimo y nos encontramos grupos de lo más diversos. Y luego a dormir un poco bajo un cielo estrellado precioso, con un poco de frío, pero arrullados por el sonido del mar.

El domingo recibimos al Papa Francisco con el flasmob que llevábamos ensayando desde el día anterior. Hasta las chicas de un puesto de comida que teníamos justo detrás de nuestra parcela se habían aprendido el baile. En una JMJ que ha sido tan musical, algo de lo que nos dijo el Papa cobró especial importancia: que nuestra vida tenía que ser un canto nuevo.

El Papa también nos animó a no tener miedo. Pensé que los tres Papas de mi generación nos han hablado a los jóvenes de no tener miedo. Juan Pablo II comenzó su pontificado con el «¡no tengáis miedo!»; Benedicto XVI lo repitió varias veces en la JMJ de Madrid, y el domingo el Papa Francisco nos dejó este mensaje: «vayan sin miedo para servir». Creo que si lo repiten tanto es porque tenemos que empezar a aplicárnoslo en serio.

En el padrenuestro, cantado en latín con las manos juntas con gente de distintos continentes, palpamos esa universalidad de la Iglesia que tan bien se ve plasmada en las JMJ. Y con el anuncio de la próxima JMJ en Cracovia, el Papa nos envió a hacer discípulos, como decía el lema de esta JMJ.

Estos días aún sigo por Brasil, por lo que el ambiente y el espíritu de la JMJ se prolonga más fácilmente. El viernes volvemos para España, con mucha pena de dejar esta tierra maravillosa. Echaré de menos levantar la vista y no ver al Cristo Redentor asomando por encima de algún edificio, abrazando al mundo entero.

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