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Detalle del “Descendimiento”, Van der Weyden,
Museo del Prado, España.
 
 

Crear para creer. Reflexiones para entender e interpretar el arte sacro.

Era un abril primaveral en París. Los negocios me dejaron un hueco para poder ir a hacer una corta visita al Museo del Louvre. Cuando paseaba por sus majestuosas salas, admirando las maravillas de la creación humana, una pareja de japoneses con cortesía oriental se acercó (quizás intuyendo por mi aspecto de ejecutivo que podía saber inglés) y, en un lenguaje bastante rudimentario, me preguntaron delicadamente: “señor, ¿sabe usted dónde está la Gioconda?” No hacía ni diez minutos que había contemplado la sonrisa ambigua y única de la ‘Mona Lisa’ de Leonardo y de este modo era muy sencillo indicarles: “Sí, ¡cómo no! Pasan ustedes esa sala que hay a mano derecha, y a continuación de una gran Visitación, está la sala donde se expone la Gioconda”. Y ante mi asombro ella respondió: “¿Una visitación? ¿Hay alguna autoridad visitando el Museo?” Fue entonces cuando caí en la cuenta de mi error.

Un japonés no tiene por qué saber qué es una “Visitación”, al ser un pasaje del Nuevo Testamento. No puede esperarse de alguien de otra cultura que entienda qué significa esa representación de la Escritura. Pero, del mismo modo que, poco a poco, vamos adquiriendo conceptos del acervo japonés, como el Sakura o florecimiento de los cerezos, el Ikebana o el arte floral, el Sushi o el movimiento Manga (cómic muy popular en las urbes japonesas), también hay que dar una oportunidad para que todo el mundo conozca términos o escenas que resultan familiares para mi generación, pero no tienen necesariamente que serlo para gentes de otras culturas o para los más jóvenes. De hecho, muchas personas contemplan el arte y tal vez no capten del todo el contenido de lo qué están mirando. Yo mismo, pese a mi amor por las artes, no conozco todos los mitos griegos (abundantes y contradictorios): aunque me fuera fácil reconocer una Venus, no lo sería tanto saber si estoy ante Tántalo o frente a Aquiles.

Algo semejante les sucede a muchas personas con la pintura religiosa y especialmente cristiana, predominante en muchos museos. Tal es el objetivo de este proyecto de Arguments: intentar adentrarse más profundamente en el significado del arte sacro, o al menos ser conscientes de algunas claves que permitan percibir los misterios que encierra cada cuadro. Los que los pintaron lo hicieron sabiendo que la mayoría de los que iban a contemplar esas representaciones eran analfabetos, -muchos de ellos no pues conocían al dedillo las escrituras- y así, procuraban seguir modelos parecidos, que facilitaran una explicación simple, o recordatoria aunque a veces tuvieran también un carácter imaginativo. En el fondo, estos cuadros no eran muy diferentes a un cómic, pero para comprenderlos se habría de estudiar el texto que está detrás de cada imagen. Desde aquí animo al lector –siquiera por motivos estrictamente culturales– a releer el Nuevo Testamento de la Biblia. Es como conocer las canciones infantiles inglesas, (nursery rhymes), que tantas veces dan pistas para captar la cultura anglosajona.

Una última advertencia es que la sucesión de toda la obra pictórica que aquí se muestra tiene un orden fundamentalmente cronológico, según va aconteciendo en la fuente bíblica. Es una manera de hilar la narración. También hay que apuntar que la expresión artística que recopilamos se refiere exclusivamente al Nuevo Testamento y no al conjunto de la Biblia.

Pablo Díaz de Espada.
Director de «Catequesis a través del arte».

Pablo Díaz de Espada es colaborador habitual de las casas de subastas de arte Christie´s y Sotheby´s y escritor.
Durante 25 años ha ejercido la abogacía especializándose en Derecho Mercantil.
Realizó estudios de Teología y Filosofía en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

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