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LEVÍ – MATEO

Caravaggio pinta a Mateo con los signos característicos del Evangelista: como ocurría con Juan, se distingue por el ser de forma humana que lo acompaña. Ello proviene -como dijimos con Juan–  de la imagen del libro del Apocalipsis del tetramorfos: «En el centro, rodeando el trono, estaban cuatro seres vivientes. El primero tenía forma de león, el segundo de toro, el tercero tenía rostro humano, el cuarto tenía figura de águila volando» (Apocalipsis, 4, 6-10).

Mateo evangelista

También escribe con una pluma en un libro. La tradición de la Iglesia concuerda en atribuir la paternidad del primer evangelio a Mateo. Esto sucedió ya a partir de Papías, obispo de Ierapolis, en Frigia, alrededor del año 130. Él escribe: «Mateo recogió las palabras del Señor en hebreo, y cada quién las interpretó como podía». El historiador de la misma época Eusebio de Cesarea añade: «Mateo, que antes había predicado a los judíos, cuando decidió ir también a otros pueblos, escribió en su idioma materno el Evangelio que él anunciaba».

No tenemos resto alguno del evangelio en hebreo o en arameo. Sólo nos han llegado copias en griego.

Leví, el publicano

Mateo está siempre en las listas de los doce elegidos por Jesús (Cfr. Mateo 10, 3; Marcos 3, 18; Lucas 6,15; Hechos 1,13). En hebreo, su nombre significa «don de Dios«. Sin embargo el evangelio nos lo presenta en la lista con un calificativo muy preciso: el publicano. Tanto Marcos y Lucas describen el llamamiento de Mateo, que ahora narraremos desde el Evangelio del propio Mateo, llamándolo «Leví«.

En Mateo 10, 3 se lee: «Cuando partía Jesús de allí, vio un hombre sentado en el mostrador de los impuestos, llamado Mateo, y le dijo:  ‘Sígueme’. El se levantó  y le siguió».

Contextualmente, entendemos que esto sucedió en Cafarnaún, donde muy posiblemente Jesús se alojara en la casa de Pedro, como nos dicen otros evangelios. Probablemente el Maestro ya conocía a Leví de vista, por la pequeña ciudad costera. Le gente conocía el oficio de Mateo como una profesión avariciosa, y deshonesta, que además era colaboracionista con el poder de Roma.

Lo curioso del tema es que en agradecimiento por su vocación, Mateo da un gran banquete, en honor a Jesús. Forma parte de la humildad del propio Mateo -o sencillamente por pudor- no hablar en su evangelio sobre el banquete. Lucas sí lo cuenta (Lucas 5,29): «Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con él un gran número de publicanos y otros».

Cabe interpretar -ofreciendo un gran banquete- que la situación económica de Mateo era  holgada, y su compañías, no respetables, desde el punto de vista del integrista. Creo que se podría añadir, además, que ejerciendo tal profesión debería conocer idiomas  -al menos además del suyo, griego y latín para negociar con sus jefes- y saber algo de derecho y contabilidad.

Pero, claro está, Cristo es criticado por haberlo elegido, y comer con pecadores. Por ello contesta a sus acusadores: «No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos(…), pues no he venido a llamar a los justos sino  a los pecadores» (Mateo 9, 12). Según la concepción de aquel tiempo en Israel, era considerado como un pecador público.

Por Marcos es llamado «Leví el del Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos». No se considera en la interpretación ordinaria que ese tal «Alfeo» sea el mismo que el padre de Santiago, «hijo de Alfeo», otro apóstol citado por el evangelio (Cfr. Mateo 10, 2), pues en ese mismo listado de apóstoles se llama a Mateo «el publicano».

Es fácil entender que Mateo, abandonó su oficio, dejándolo todo, como exige Jesús en otra partes del evangelio.

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