juan bautista maino adoracic3b3n de los reyes magos 161214 detalle museo del prado madrid - La adoración de los Magos. Fray Juan Bautista Maíno

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS

Nos cuenta Mateo, 2, 1 y ss.: “Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente, se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Estuvieron lógicamente ante la autoridad de Jerusalén, que era el rey Herodes, el único digno de acoger a viajeros ricos e ilustres.

Por magos hay que entender hombres sabios, y en este caso estudiosos del firmamento. Seguramente pertenecían a alguna corte real, pues podían dedicarse al estudio de las constelaciones, y a viajar. No sabemos cuál era su número (antiguas tradiciones hablan de tres) ni exactamente dónde se sitúa ese “oriente” tan inconcreto del que habla el texto. Muy probablemente venían de Persia, de los valles del Éufrates y el Tigris, donde había una cultura de observación astronómica milenaria, según sabemos históricamente (hasta el punto de adorar el misterio de los astros, como Zaratrusta). El fenómeno astronómico supuso para estos sabios un hecho de grandísima importancia. La leyenda arcana hace ver que –tal vez comandados por alguien superior– fueron hacia occidente, al lugar que tal fenómeno indicaba, de manera bastante precisa, y que estaba, según sus cálculos matemáticos, próximo a Jerusalén. Aquí constituyó un acontecimiento de gran relevancia el hecho de que unos ilustres cortesanos se acercaran desde cientos de kilómetros y afirmasen que su idea era agasajar y adorar a un rey, tal y como los astros habían indicado. Las tradiciones cristianas nos refieren que el episodio del nacimiento del Salvador no pasó inadvertido a otros pueblos que, de buena fe, esperaban una salvación para una humanidad vulnerable.

Maíno dibuja a tres personajes, adorando a Jesús, de tres razas distintas, con ropajes ricos y exóticos y de gran nobleza, ofreciendo al niño, continúa Mateo, “oro, incienso y mirra” (Mateo 2, 11), siendo el oro evidentemente, y los otros ungüentos y resinas, de preciadísimo valor. Tal era el que daban los sabios al acontecimiento. Habría que notar el asombro y la turbación, no sólo de los sabios, sino también de María y José. Pero, qué duda cabe, que enseguida hubo empatía ya que no se produjo rechazo entre ellos y de algún modo los astrónomos entendieron que tenía que realizarse la adoración y la entrega de los regalos ante aquel humilde niño, que no aparentaba nada más que cualquier otro del pequeño pueblo.

Estos estudiosos pudieron ver una manifestación material de la divinidad, lo que los cristianos, llaman en griego “epifanía” o manifestación pública. Maíno dibuja “la estrella” en el cénit de la escena.

La actitud humilde de los príncipes es –nuevamente– una situación paradójica, en la que el más pudiente se rebaja ante el más humilde.

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