barbieri2 - Jesús sepultado. Guercino

JESÚS ES SEPULTADO

Queda dicho que José de Arimatea, miembro del Sanedrín, pidió permiso a Poncio Pilato para dar sepultura al cuerpo de Jesús. El Nazareno murió en la cruz y se conoce por la Escritura que, cuando sucedió esto, los otros dos crucificados no habían muerto aún. Como la crucifixión era una ejecución cruel y lenta, por compasión, si al cabo de muchas horas los condenados sobrevivían al suplicio, se les quebraban las piernas con un mazo, de tal manera que se adelantase su asfixia y posterior muerte. (Juan 18, 31-34): uno de los guardias que supervisaban la ejecución, para cerciorarse de que el Rabbí había muerto, clavó una lanza en el pecho de Jesús. Por esa razón a Jesús no hubo que fracturarle los miembros inferiores, pues expiró con anterioridad. No es de extrañar, sobre todo dada la flagelación de la que fue víctima horas antes, que podría haberle causado la muerte.

El sepulcro estaba excavado a pocos pasos del lugar de la crucifixión. Con infinito amor embalsamaron a Jesús con cien libras de perfumes (la narración nos habla de mirra y áloe), le cubrieron la cabeza con un sudario, y envolvieron su cuerpo con una sábana (cfr. Marcos 15, 46). Entre los judíos, los embalsamamientos eran más complejos, pero aconteció que empezaba el descanso legal del Sabbath y por ello no podían continuar con aquel triste cometido. Lo dejaron para después del descanso prescrito.

En el lienzo vemos a José de Arimatea, tocado con un turbante, introduciendo junto con Juan el cuerpo en la sepultura. En medio, María profiere su última oración de adiós. En el extremo izquierdo del cuadro, María Magdalena aparece pintada con gesto roto por el dolor. Se ve la sábana en que lo envolvieron, y se vislumbra el anochecer, esto es, para los judíos, el comienzo del sábado.

De facto, la sepultura era de otra manera. Horizontal, normalmente con dos cámaras. Una, propiamente la de la sepultura, con una superficie donde se colocaba el cuerpo, y otra cámara exterior. Finalmente, narra la Escritura que todo quedó tapado con una gran piedra (Marcos 15,46).

En este sentido, algunos miembros del Sanedrín solicitaron de Pilato que sellara la tumba (cfr. Mateo 27, 63 y ss.). Esto es, que la precintara, posiblemente con barro o cera, donde después se incrustó el sello del Sanedrín. Pidieron guardia para vigilar la tumba ya que temían que los, en aquel momento, amedrentados discípulos robaran el cuerpo y propalasen una resurrección. Poncio Pilato, agitado por aquellas personas cuya religión no comprendía, les dejó hacer.

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