Samaritana - Jesús con la samaritana en el pozo de Sicar. Anónimo

La samaritana en el pozo de Sicar

En la representación vemos un pozo y un hombre vestido a lo romano con el rostro barbilampiño. No es hasta bien entrado el año 900, cuando, –tras el descubrimiento de la considerada como mortaja de Cristo– se empieza a pintar en occidente a Jesús con barba.

En la Roma de aquella época hubiese significado un signo de barbarie y de mala educación. No había fotografías de Jesús y las descripciones personales físicas, que al principio pudieron hacer sus discípulos, dieron paso a las formas y sobre todo al contenido de la doctrina. La sábana o mortaja que envolvió el cuerpo de Jesús en su sepultura, quedó empapada con sudor y sangre y estampó su efigie barbada. La sábana es una muy antigua tradición cristiana que se venera como reliquia actualmente en Turín, Italia, y se expone cada cierto tiempo a la devoción de los fieles.

La mujer, al lado del pozo, es la samaritana. Cualquiera que haya leído los Evangelios sabe de qué trata este pasaje, del todo singular. La Escritura narra que Jesús volvía a Galilea desde Jerusalén, utilizando esta vez el camino más rápido pero menos aconsejable: el que atravesaba el territorio del pueblo cismático de los samaritanos.

Dura fue la caminata, pues el Señor pide a sus discípulos que se adelanten a la aldea a comprar alimentos, mientras él descansa del camino, en el brocal del pozo. Tradicionalmente, entre las tareas de las mujeres, estaba la de suministrar agua al hogar. Así, una aldeana se acerca a por agua. El lugar es Sicar, en el centro de Samaria, y el pozo es un pozo con historia, pues allí, hacía unos siglos, el patriarca Jacob había abrevado a sus ganados.

También el artista dibuja una dama a lo romano, con un peinado rizado, como era costumbre, recogido con una coleta vuelta y luciendo hermosos pendientes. La realidad sería que la mujer iría velada, como lo iban las palestinas de aquel tiempo, sin ningún adorno.

Juan nos señala lo curioso de la escena. Primero por la enemistad que había entre judíos y samaritanos. Segundo, porque -lo cuenta el relato– Jesús no acostumbraba a hablar a solas con una campesina. Pero al Maestro le puede su compasión y, con su prodigiosa sabiduría, acierta a conocer lo más hondo del corazón de su interlocutora.

El encuentro de Jesús con la samaritana

Con la excusa de pedir agua, entabla una conversación, en la que al final revela a aquella persona su penosa situación (Juan 5, 17): Bien has dicho «No tengo marido», porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido –le dijo–. Es fácil imaginar el rostro de estupor de aquella mujer, herida en su corazón. Pero ésta entiende haber descubierto a un profeta, a un adivino o tal vez al mismo Mesías y corre a decirlo en la aldea. Con ese gesto se arrepiente de su vida pasada. No condena el Rabbí a la samaritana. Pero quien le da agua no es la de Samaria a Jesús, sino Jesús a ella. Un agua que, en palabras del Maestro, el que beba de la (…) que yo le daré, nunca más tendrá sed (Juan 5, 13).

El relato es tan hermoso y contiene tantas enseñanzas que no es de extrañar que ya los primeros cristianos lo pintaran frecuentemente. Así, la escena les recordaba su situación de pecadores, la misericordia de Jesús y la ayuda del agua espiritual, que el Maestro daba a manos llenas y que se interpretó, seguramente, como el bautismo de salvación.

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