«No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos pues si al árbol verde lo tratan de esta forma, en el seco ¿qué se hará?» (Lucas 23, 28-31)

Mujeres en el camino de la Cruz

¡No me lo podía creer! Nuestra misión es acompañar al que sufre. Lloramos con él para que no se sienta solo. Es lo mínimo y lo único que podemos hacer por alguien en esa situación. En el caso de Jesús nos salía solo. No había que darle ni media vuelta. Era verlo y las lágrimas acudían como río caudaloso a los ojos. Una vez empezaba una, el contagio era cuestión de tiempo. 

Sin embargo, al llegar Jesús a nuestro lado, con una expresión de agradecimiento que no soy capaz de describir, nos miró detenidamente y nos rogó: «no lloréis por mí». Nunca unas lágrimas habían estado tan justificadas, nunca había tenido tanto sentido llorar, nunca habían existido tantas razones para sollozar sin consuelo posible. Y sin embargo, Jesús nos pedía que no hiciéramos caso a nuestro corazón. Nos pedía que renunciáramos a lo que exigía nuestra cabeza. Nos rogaba que fuéramos contra todo nuestro ser.

Él nos enseñó el sentido del sufrimiento

Nos estaba enseñando a llorar, una de las actividades más humanas y más divinas que existen. Nos estaba dando motivos para que las lágrimas fueran perlas, medicina, remedio contra la enfermedad más cruel, la que se cebaba con los débiles y los descartados: el pecado, la desconfianza del amor de Dios, la sospecha de que a Dios no le importamos demasiado. 

¡Eso sí que era tremendo! ¡El pecado sí que merecía todas las lágrimas del mundo!!! Además, cada una encontraríamos en nuestras casas muchas de estas razones de peso para gemir: ¡cuánto dolor por nuestros hijos, nuestros maridos! ¡Cuánto rezar hasta verlos felices en el cielo para siempre!

De repente me vino a la cabeza, pensando en el rostro de Jesús, su agradecimiento por nuestro gesto, por nuestra compasión. Era patente que apreciaba infinitamente nuestra compañía y consuelo en aquel momento pero quería mostrarnos el verdadero dolor de su corazón. Lo que destroza el alma de Jesús es el sufrimiento de los hombres que no se sienten queridos por Dios y buscan sustitutos para calmar los deseos profundos de su corazón. No se siente ofendido, pues una pobre criatura no puede quitar nada al que ha hecho todo cuanto existe. Solo llora ante el suplicio que el pecador padece en su soledad. Haría todo lo posible por ahorrarle esa tortura, pero respeta nuestra libertad. Sufre en silencio mientras se desgarra su sensibilidad y carga con el peso de la culpa. 

Nos hizo testigos de la destrucción y el dolor que conlleva el pecado

Nos estaba pidiendo que fuéramos testigos de lo que de verdad le mata: nuestra tristeza, nuestro abandono, el desaliento y la desesperanza de quien no se siente amado. 

¡Qué abismo de dolor se nos abrió! ¡Qué lágrimas tan gordas! ¡Qué llanto tan desolador, pero qué paz y qué consuelo saber que acompañábamos al Mesías en su hora más negra y más fecunda! 

Entonces, tras de él, apareció María. No era posible sustraerse a tanta amargura y tanta ternura juntas. No hay dolor como el de una madre en ese trance: incapaz de ahorrar nada a su hijo y por eso ofreciéndole con su presencia lo único que puede mitigar tan atroz espectáculo.

Las lágrimas de María eran divinas. La hacían más hermosa que nunca, más cercana y a la vez más inefable: capaz de sostener a Dios y necesitada de nuestra compañía y nuestras lágrimas para acompañar como gotas minúsculas su océano de amor. 

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