Y una mujer, Verónica de nombre, limpia el rostro de Jesús camino del Calvario quedando la santa faz del Señor grabada en el paño.

 

#UnaMiradaGrabada

Jesús me miró y su mirada me acompaña desde entonces en todo momento. Pude ver su rostro agradecido y consolado. No creo que necesite nada más en toda mi vida. Con eso me pagó cualquier sacrificio, cualquier cosa que me pida. Pensar que puedo volver a verlo cuando cuido de la gente me da la vida. 

No es fácil imaginarse y pensar un Dios agradecido. Menos todavía, verle sufrir y ser capaz de remediarlo de algún modo. Tuve esa suerte. No sé por qué estaba ahí en ese momento. Tampoco logró entender por qué se me ocurrió algo tan sencillo como secar su rostro. Estaba tan magullado que daba una pena tremenda. No me atrevo a decir que le hice feliz, pero sí que se le transformó el gesto. Fue como una tregua en su batalla, un oasis en medio del desierto y yo tuve la dicha de presenciarlo y provocarlo. 

Nos cambiamos los papeles y él fue quién me consoló a mí

¡Cuánta gente habría deseado estar en mi lugar, ver esa expresión, descubrir a un hombre que es Dios que te mira emocionado! ¡Comprobar que una cosa tan pequeña alivia un dolor tan grande! Lógicamente, las lágrimas no tardaron ni un segundo en acudir a mis ojos y sentí como si él me dijera que no quería verme llorar. No me explico muy bien qué sucedió. En medio segundo se habían cambiado los papeles y él me consolaba. 

Jesús estaba de camino hacía su muerte y se detenía a consolar a una pobre mujer que lloraba de alegría y de pena. ¿Por qué somos tan malos? ¿Por qué es tan bueno? ¿Por qué volcamos todo nuestro rencor con el único inocente? ¿Por qué no reprocha nada? ¿Por qué nos cuesta tanto imaginar cuánto nos ama? ¿Por qué ha imaginado una forma tan libre de demostrarlo? ¡No lo sé! Quizá nadie tenga la respuesta. Puede que no exista una razón. ¡Qué extraña capacidad la del corazón humano de ir contra sí mismo! ¡Qué tenacidad la de Cristo para salvar a uno solo de los hombres! ¿Por qué me eligió a mí para regalarme su mirada? Porque le dio la gana. Porque quería ofrecerme algo que cambiaría mi vida para siempre.

Ahora busco el rostro de Jesús escondido en el dolor de los hombres

Desde entonces he secado muchas lágrimas. He buscado a los que lloran. Ya no me da tiempo a llorar por mis cosas. Sigo llorando, pero son los problemas de los demás, su dolor y su angustia la que provocan mis lágrimas. En todos veo el rostro agradecido y sorprendido de Jesús, su emoción por encontrar alguien que comprenda, que se haga cargo, que acompañe esa soledad. ¡Qué maravilla es llorar juntos y qué amargas son las lágrimas solitarias! ¡Qué fácil se lleva cualquier pena si no es solo tuya!

Los expertos no se aclaran sobre qué significa mi nombre: portadora de la victoria o imagen verdadera. Yo prefiero integrarlos: mi misión es encontrar el rostro de Jesús victorioso escondido en medio del dolor de los hombres, capaz de sonreír, de valorar un detalle, de mostrar agradecimiento, mientras sufre como nadie puede sufrir, mientras ama como nadie sabe hacerlo. Se me ha quedado tan grabado que es facilísimo y gozoso ver su imagen en cualquiera. 

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