Existo, luego soy amado por Dios

Creo que todos podemos intuir que las personas no somos como las piedras (aunque las piedras puedan ser muy bellas). Dios nos ha creado de un modo especial: su Palabra nos ha llamado a la existencia, poniéndonos en camino para descubrir la verdad y amar con libertad. Nos ha hecho peregrinos, buscadores inquietos. Sin conformarse con traernos a la existencia, Dios ha querido acercarse a nosotros al punto de compartirnos en Jesucristo su propia vida, y hacernos sus hijos amados.

Dios, principio y fin

Dios es nuestro origen y el fin de todos nuestros anhelos. Somos creados por Él y para Él, y encontramos la plenitud de gozo y de paz que ansiamos solo en las profundidades de su misterio. Desde que aguardábamos en el vientre de nuestra madre el momento de ver la luz, el Creador del universo comenzaba a buscarnos para dialogar con nosotros. Desde lo más hondo no ha cesado nunca de invitarnos a contemplar su mirada, para que lo reconozcamos como fuente de nuestro ser, fin de nuestro camino, y amor que nos sostiene e ilumina siempre.

La llamada universal a la santidad

Es común escuchar por ahí que la santidad compete únicamente a sacerdotes o religiosos, cuya única ocupación es la oración. En esta línea, a los laicos sólo nos quedaría conformarnos con una vida cristiana de mínima o ninguna exigencia, quizá con algo de oración y alguna obra de caridad. Este es un error enorme. En el Concilio Vaticano II se aclaró esta visión equivocada, recordando que el llamado a la santidad es universal (cfr. Lumen Gentium 40).

El Señor desea conducir a las cimas de su amor a todos los seres humanos, independientemente de su estado (ya sean religiosos, sacerdotes, laicos, esposos, etc.), incorporándolos a su Iglesia por el bautismo, y transformándolos a imagen de Jesucristo mediante los sacramentos y la acción del Espíritu Santo.

Dios no se contenta con un poco, lo quiere todo

No quiere sólo migajas de atención y de bondad; migajas de lo que nos sobra. Él nos quiere suyos por entero para iluminarnos, hacernos dichosos, y convertirnos en verdaderos oasis en torno a los cuales brota la vida. Él conoce nuestra pequeñez, y aunque no espera acciones extraordinarias, sí busca que nuestros actos comunes estén animados cada vez en mayor grado por un amor extraordinario.

Allí en la calle, de camino con nuestros amigos, en el aula de clases, en el lugar de trabajo, en casa con la familia, o bien en el convento, la parroquia o el monasterio: en donde sea que Él nos pida seguirle, Dios quiere una entrega generosa en todo lo que debemos hacer, sin olvidar presentarle los frutos de nuestro trabajo como ofrenda de toda nuestra existencia. Una hora de estudio, un tiempo dedicado a escuchar con paciencia e interés a nuestro amigo, o un plato de comida que compartimos con quien no tiene para comer, pueden ser ocasiones para que Dios nos santifique en cuanto su objetivo sea dar gloria a Dios y hacernos más semejantes a Jesús.

¿Cómo es un santo?

No nos equivoquemos… la santidad nunca es sinónimo de una existencia aburrida, triste o reprimida. Dios desea que alcancemos la plenitud para la que nos creó. Ser santo es el camino hacia una auténtica liberación de lo que nos esclaviza e impide ver con claridad. ¿Cómo es un santo? Se trata de un hombre o mujer frágil -como tú y como yo-, que reconoce su pequeñez pero resplandece por su amor a Dios e ilumina a otros llevándolos a Él.

Es alegre, libre, pleno, pues goza de una paz más profunda que cualquier tormenta, ya que confía que toda su existencia reposa en manos de su Padre que le ama y le sostiene siempre. ¿Qué anhelo ocupa su corazón? Habiendo descubierto que sólo en Dios puede hallar el sentido de su vida, el santo vive para amar a Dios con todo su ser en la alegría y el sufrimiento, en lo pequeño y en lo grande, eligiendo a Dios antes que al pecado, y entregándose para iluminar a otros, a ejemplo de Cristo.

Leave a Reply