Ser monje benedictino y millennial no es incompatible

Toda vocación es un regalo de Dios y también, un auténtico milagro. Y más hoy en día, donde parece que Dios no tiene sitio, que estorba. Sin embargo, a pesar del empeño con el que algunos tratan de arrinconarlo y silenciarlo, Él sigue llamando, y hay quiénes le siguen respondiendo con valentía y generosidad jugándoselo todo a una carta, apostándolo todo por Dios.

Los monjes benedictinos viven retirados del mundo para llevar el mundo a Dios. ¿Cómo? Fundamentalmente con la oración del Oficio divino y de la Sagrada liturgia, y la meditación personal de la Lectio Divina, siguiendo el ritmo que dicta la regla de San Benito y su famoso “Ora et labora“. Trabajo, vida en común y oración, son tres formas de contemplar a Dios y gozar de su amor.

¿Y hay millennials en los monasterios? Sí; y si no te lo crees, aquí te presentamos a dos: Fray Ignacio y Fray Eduardo. Son monjes benedictinos del monasterio de Leyre (Navarra). Y no son los únicos; detrás de ellos han entrado más… Porque quien llama es Dios, y su Amor es lo único capaz de llenar por entero el corazón del hombre, ya sea millennial, de la generación XBaby Boomers. Para Dios cada uno somos únicos e irrepetibles. “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín)

Fray Ignacio Esparza Lezáun, Orden de San Benito

Es de Pamplona. Estudió Derecho y ha sido uno de nuestros colaboradores más activos en el blog de Liturgia. Entró en el Monasterio de Leyre con 22 años, al terminar la universidad. Su alegría es llamativa; la contagia a su alrededor. Su pasión por contemplar la belleza, inculcada en su familia desde pequeño, ha sido una de las cosas que más le ayudó a descubrir su vocación. Ahora, desde allí, hace algo mucho más valioso por nosotros: nos sostiene e impulsa con su oración.

Fray Eduardo Oliver Piqué, Orden de San Benito

Es de Barcelona. Estudió en Pamplona Derecho y Filosofía en la Universidad de Navarra. Fue residente del Colegio Mayor Albaizar. Y en su último curso, Dios hizo de las suyas. ¿Quién le iba a decir que el Monasterio de Leyre se convertiría en su casa? Pero Dios es así, Dios siempre sorprende; nos va preparando para que podamos escucharle en el silencio de nuestro corazón y desde ahí, libremente, le demos una respuesta. Él, al igual que Ignacio, no dudó y se lo jugó todo por Dios. Y como dice el Evangelio, “han elegido la mejor parte“.

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