Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores» (Lc 7, 11-13).

Dios me puso delante un gran hombre y no lo dudé un instante. Nos casamos cuando éramos jóvenes pero los hijos no venían. Rezaba y rezaba y no paraba de rezar. Con tanto pedir acabé por asumir que si Dios no los enviaba sus planes eran mejores que los míos. Me dedicaba a cuidar de mis amigas y sus hijos: cuánto me regaló el Señor en esos años.

… una auténtica bendición

Entonces Dios envió su sorpresa y nació Daniel. Fue para nosotros un enviado por Dios, una auténtica bendición. Yo me pellizcaba todos los días para darme cuenta de que no era un sueño: era verdad, era mi hijo.

Pasaba el tiempo y no hacía más que dar gracias a Dios por su gran bondad. Pero de repente Tadeo se mareó un día en su taller. Volvió a casa acalorado y con sudores fríos. Se metió en la cama y ya no volvió a levantarse. Su corazón estaba latiendo por última vez. Murió en paz y agradecido por los últimos años en que había sido un padre ejemplar y un esposo enamorado. Dios lo tenga en su paraíso.

… no se le pueden pedir peras al olmo

A mí se me partió el corazón. Era todavía relativamente joven y tener que educar a Daniel fue el mejor motivo para salir adelante, la mejor razón para seguir luchando por vivir. En aquel momento mi hijo tenía 13 años. Estaba adolescente perdido y no entendía nada. Poco a poco fue aceptándolo. Con el tiempo volvió a ser el joven feliz y risueño que llenaba mis días de alegría y de sentido. Compartíamos miles de cosas y Daniel, a pesar de ser muy adolescente, tenía gran confianza conmigo. Intuyo que no me contaba todo pero no se le pueden pedir peras al olmo.

A veces me enteraba de cosas por mis vecinas, las madres de sus amigos, y me hacía la tonta. Nos queríamos a rabiar. Reíamos y llorábamos mucho. Era un chico muy sensible y se hacía cargo de lo que suponía para mí estar sola.

Se lo dije con un nudo en la garganta

Entonces y sin previo aviso Daniel se puso muy enfermo. Avisé al médico y me dijo que no había nada que hacer. Era necesario contárselo. Se lo dije con un nudo en la garganta. Me acerqué a su oído. Parecía dormido y comencé a decirle entrecortadamente:

«Daniel, dice el médico que vas a ir pronto con papá. Dile por favor que le quiero mucho y que necesito que me cuidéis desde allí. Dile también a Dios que no le entiendo nada, que me quita todo lo que me ha regalado y que no sé cómo piensa que podré vivir sin vosotros».

No quiero verte llorar

Él se puso serio. Obviamente había oído todo mi desahogo. Abrió los ojos con dificultad y me dijo: «mamá, no te preocupes que solo voy a prepararte la fiesta sorpresa que ha montado papá. Ya sabes que no somos muy apañados así que quizá nos lleva un poco de tiempo. No quiero verte llorar y estaré vigilándote todo el día como tú has hecho aquí, que ya me he enterado de lo “brujas” que sois tú y todas tus amigas. Gracias por todo y perdona las veces que te hecho rabiar. Mamá, Dios sabe más. Diles a mis amigos que les aprecio un montón y que perdonen las veces que les he fallado. Hasta luego mamá, Dios nos cuida, no te preocupes».

Daniel murió y le llevamos a enterrar. Por segunda vez se me partía el corazón.

En el camino se armó un poco de revuelo. Yo no tenía el corazón para prestar atención. Era Jesús, un rabí de Nazaret. Nuestras miradas se cruzaron y de repente me derrumbé. Vi en sus ojos tanto cariño, tanto dolor, tanto consuelo de un desconocido. Le vi llorando por mí y diciéndome que mi hijo resucitaría. Yo no había pedido nada. Se acercó al ataúd lo tocó y sacó a Daniel. Otra vez me pellizqué para comprobar que no soñaba. Jesús me devolvía a Daniel. El segundo regalo era mejor que el primero. De nuevo Dios me deja disfrutar de Daniel pero además, no puedo mirarle sin ver los ojos de Jesús haciéndose cargo de mi corazón partido. Solo cuando murió él al pie de la Cruz entendí por qué me quiso evitar tanto dolor: pensó en su madre.

 

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