Matrimonio, don divino

Todos compartimos la llamada universal a la santidad. Pero cada persona es distinta. Por ello, debemos oír a Dios y discernir cómo se concreta nuestra llamada. Una de esas llamadas quizá puede darse en el matrimonio.

El matrimonio es el sacramento por el cual el hombre y la mujer se vinculan perpetuamente. Pero, al ser cosa de dos, nos encontramos que el discernimiento se amplía de un “yo” a un “nosotros”. Por eso, aunque tengan mucho que ver los gustos y las cualidades personales, el matrimonio no es solo una elección humana (o un derecho) sino, ante todo, un don divino, una llamada. Es el camino preparado por Dios desde toda la eternidad para ese hombre y esa mujer en común, para llegar al cielo junto.

Camino de amor, camino de santidad

Pero el matrimonio, como toda relación humana, se basa en el amor. Y el amor es una dimensión fundamental del hombre, arraigada en lo más profundo. La persona siempre está buscando amar y ser amado. Es un ser-para-el-amor. No puede vivir sin el amor, pues si no estaría encerrada en una vida sin sentido y en soledad. Necesita siempre del otro.

Un matrimonio arraigado en este amor ya no es algo de dos con una dimensión exclusivamente horizontal, sino que integra una dimensión vertical y se convierte en algo de tres: esposo, esposa y Dios. La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: “el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino” (GS 48,2)“, Catecismo punto 1639. Por tanto, ya no es una unión de dos personas con un fin humano, sino que se convierte en una relación inspirada, alentada y bendecida por Dios. Con el matrimonio los esposos aprenden a amarse más mutuamente, y a amar también a Dios. 

Como dice el Catecismo en el punto 1641: “En su modo y estado de vida, los cónyuges cristianos tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios” (LG 11). Esta gracia propia del sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia “se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos“.

Este es el matrimonio que hay que desear vivir y que Dios nos propone como camino de santidad. Este es el matrimonio que se ha de discernir. Y si Dios llama al matrimonio pondrá la persona adecuada y dará la gracia necesaria para vivirlo ya que, no en vano, es un sacramento.

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